Una Historia para Compartir. Cuando el PRI se queda sin argumentos, llegan los golpes. Por Saúl Monreal Ávila
El problema del priismo actual no es que la gente no haya escuchado sus acusaciones; es que, cada vez más tiene dificultades para sostenerlas con pruebas contundentes.
Cuando sus argumentos nomás no convencen, aparecen señales inequívocas de desesperación política; sus endebles “pruebas” no alcanzan para sostener sus fantasiosas acusaciones y la narrativa se les comienza a desmoronar y algunos optan por sustituir las ideas por la confrontación. Eso es lo que parece estar ocurriendo con el PRI.
El problema del priismo actual no es que la gente no haya escuchado sus acusaciones; es que, cada vez más tiene dificultades para sostenerlas con pruebas contundentes. Mientras sus dirigentes construyen una narrativa permanente de persecución, corrupción y supuesto autoritarismo, sus propios expedientes políticos se debilitan frente a los hechos.
Ahí está, por ejemplo, el proceso relacionado con el probable desvío de 83.5 millones de pesos durante el pasado gobierno del PRI en Campeche, asunto que permanece abierto y que la Cámara de Diputados podría retomar en septiembre.
Y como no pueden convencer a los mexicanos, buscan convencer a otros gobiernos. El presidente del PRI ha acudido reiteradamente a Estados Unidos para denunciar al gobierno mexicano e incluso ha planteado acusaciones contra Morena ante autoridades estadounidenses. ¿Desde cuándo la solución a los problemas políticos de México se busca en Washington?
Pero quizá la expresión más preocupante de esa desesperación sea la violencia, No debemos olvidar el episodio protagonizado por Alejandro Moreno contra Gerardo Fernández Noroña en el Senado en agosto de 2025, las imágenes registraron el forcejeo, los empujones y la agresión contra Noroña y contra un trabajador del Senado; el propio Congreso condenó entonces la agresión.
Recordemos también cómo una y otra vez, el coordinador de los diputados del PRI ha actuado de la manera más violenta contra compañeras y compañeros de la Comisión Permanente y también en la Cámara de Diputados.
Y ahora, en agosto de 2026, nuevamente aparecen los golpes. El diputado priista Carlos Gutiérrez Mancilla protagonizó una agresión física contra el morenista Arturo Ávila durante una discusión en la Cámara de Diputados.
¿Qué está pasando? ¿Por qué un partido que durante décadas presumió institucionalidad, experiencia y capacidad política termina recurriendo al empujón, al golpe y a la provocación? Ellos se escudan en que nadie los va a doblar, pero es simple porrismo y violencia.
Porque gobernar se demuestra con resultados; representar se demuestra con votos; convencer se demuestra con argumentos. Y cuando ninguna de esas cosas alcanza, aparece la violencia como último recurso.
También hay que preguntarnos por el papel de ciertos medios de comunicación.
¿Qué habría ocurrido si legisladores de Morena hubieran acudido a los golpes contra opositores? Probablemente tendríamos durante días editoriales, mesas de análisis y condenas reclamando una supuesta crisis democrática. Pero cuando la violencia proviene del PRI, algunos prefieren minimizarla, justificarla o reducirla a un simple “pleito entre políticos”.
La realidad electoral también debería hacer reflexionar al priismo, el PRI pasó de tener más de seis millones de afiliados a encontrarse hoy muy lejos de esa cifra. No es el gobierno quien está expulsando al PRI de la confianza ciudadana. Es la propia ciudadanía la que está tomando distancia.
Por eso, la violencia no demuestra fuerza, demuestra que se están quedando sin argumentos.
Y quizá esa sea la verdadera crisis del viejo partido. No que haya perdido una elección, sino que está perdiendo la capacidad de convencer. Cuando un partido deja de ofrecer propuestas, resultados y argumentos, y comienza a ofrecer insultos, provocaciones y golpes, no está recuperando el poder: está confirmando por qué la sociedad decidió darle la espalda.
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