Mujeres con Poder. Del nearshoring al smartshoring: el siguiente paso para México. Por Erika Azuara
Hola amigos, me da mucho gusto volver a encontrarnos en este espacio.
La semana pasada reflexionamos sobre el papel que Taiwán puede desempeñar como aliado estratégico para fortalecer la competitividad de México en el contexto de la revisión del TMEC. Concluimos que la oportunidad no está únicamente en importar tecnología o atraer nuevas fábricas, sino en convertirnos en un verdadero puente entre Asia y América del Norte.
Pero esa oportunidad no se materializará por sí sola.
Durante años, México ha sido uno de los principales beneficiarios del fenómeno conocido como nearshoring: empresas que deciden trasladar parte de su producción a nuestro país para acercarse al mercado estadounidense. Sin embargo, el siguiente reto es mucho más ambicioso.
Debemos pasar del nearshoring al smartshoring.
¿Qué significa esto?
No basta con ensamblar productos. México necesita convertirse en un país que también diseñe, desarrolle, investigue e innove. Las cadenas globales de valor ya no premian únicamente la capacidad de fabricar, sino la capacidad de generar conocimiento.
Taiwán es un ejemplo de ello.
Con una superficie y una población muy inferiores a las de México, ha logrado posicionarse como uno de los principales referentes mundiales en semiconductores, electrónica avanzada y manufactura de precisión. Su éxito no surgió de manera espontánea; fue el resultado de décadas de inversión en educación, investigación, desarrollo tecnológico y una estrecha colaboración entre el gobierno, las universidades y el sector privado.
México tiene fortalezas que muchos países quisieran tener: una ubicación geográfica privilegiada, una sólida base industrial, talento joven y acceso preferencial al mercado más grande del mundo. Sin embargo, el desafío consiste en transformar esas ventajas en una estrategia nacional de innovación.
Esto implica fortalecer la formación de ingenieros y técnicos especializados, impulsar centros de investigación aplicada, facilitar la vinculación entre universidades y empresas, proteger la propiedad intelectual y crear condiciones que incentiven la inversión en sectores de alta tecnología.
No se trata únicamente de atraer más empresas extranjeras.
Se trata de lograr que cada nueva inversión contribuya al desarrollo de proveedores nacionales, a la generación de empleos altamente especializados y a la creación de tecnología hecha en México.
El futuro económico del país dependerá cada vez menos del volumen de lo que producimos y cada vez más del valor del conocimiento que incorporamos a esa producción.
Si queremos que la revisión del TMEC represente una oportunidad histórica, debemos entender que la competitividad del siglo XXI no se construye únicamente con infraestructura o costos laborales. Se construye con innovación, talento y visión de largo plazo.
Taiwán ya recorrió ese camino.
México tiene la oportunidad de aprender de esa experiencia y escribir su propia historia de éxito.
El reto ya no es imaginar el futuro.
El reto es decidir si estamos dispuestos a construirlo.
Espero sus comentarios y nos encontramos en estas líneas la próxima semana.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista