La Opinión de Carolina Viggiano. El apagón que viene: ocho años de improvisación energética. Por Alma carolina Viggiano Austria
Los diagnósticos pueden discutirse; los hechos no.
México llegó al verano de 2026 con una certeza incómoda: no tenemos la energía que el desarrollo exige. No es una hipótesis de la oposición; lo dicen las alertas operativas que el CENACE emitió en 2024 y 2025, cuando el margen de reserva se desplomó y el sistema quedó peligrosamente cerca de no poder responder a la demanda. Lo dicen también los industriales que solicitan una interconexión eléctrica y reciben, como respuesta, una fila de espera.
Conviene recordar de dónde venimos. Durante décadas, México construyó una de las redes de electrificación más exitosas de América Latina. Para 2018, la cobertura eléctrica nacional ya superaba el 99% de los hogares. Ese era un logro de país. El desafío del siglo XXI ya no era llevar electricidad a más comunidades; era generar suficiente energía, ampliar la red de transmisión y preparar al país para una economía cada vez más industrial, digital y competitiva.
Los diagnósticos pueden discutirse; los hechos no. Desde 2019 el gobierno decidió que el problema energético era ideológico y no técnico. Se cancelaron las subastas eléctricas de largo plazo y, con ellas, una cartera de proyectos que hoy estaría aportando capacidad al sistema.
Se cancelaron las rondas de licitación de hidrocarburos, cerrando la puerta a nuevas inversiones en exploración y producción. Se concentró una inversión pública sin precedente en Dos Bocas, una refinería que ha costado mucho más de lo prometido y aún no opera a la capacidad anunciada. Se privilegió el despacho de plantas menos eficientes y se dejó rezagada la inversión en transmisión. Paradójicamente, mientras la reforma eliminó el carácter de empresas productivas del Estado, ni Pemex ni la CFE se volvieron más productivas.
Por el contrario, Pemex sigue perdiendo producción y mantiene la mayor deuda entre las petroleras del mundo, mientras la CFE enfrenta un deterioro financiero que ya impactó su calificación crediticia.
El resultado no es soberanía: es fragilidad. México importa más gas natural que nunca; cerca de tres cuartas partes provienen de Texas. La red de transmisión no creció al ritmo de la demanda y ahí está el verdadero cuello de botella: no hay infraestructura suficiente para llevar la energía a donde se necesita. Justo cuando el nearshoring y la revolución tecnológica demandarán mucha más electricidad, México enfrenta un sistema cada vez más vulnerable.
El camino para corregir el rumbo también está claro: ampliar la red de transmisión, recuperar la certeza jurídica para atraer inversión y tecnología, fortalecer a Pemex y a la CFE con criterios de eficiencia y no de propaganda, y acelerar la transición energética. México tiene recursos naturales extraordinarios, talento técnico y una ubicación privilegiada. Lo que ha faltado no son capacidades, sino decisiones acertadas.
La energía no admite dogmas. Exige planeación, inversión y visión de largo plazo. En esta materia, los errores no se pagan en un año ni en un sexenio; se arrastran durante décadas. El verdadero apagón no será el de un día sin luz. Será el de un país que, por haber confundido la ideología con la estrategia, termine perdiendo inversiones, empleos y oportunidades de desarrollo.
@CAROVIGGIANO
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