Desde el Norte. Los santos padres de la Iglesia. Por Rubén Moreira Valdez
Cuando se habla de la época patrística, se hace referencia a los Padres de la Iglesia católica, un grupo de obispos y teólogos que, entre los siglos I y VIII, sentaron las bases doctrinales, espirituales y éticas sobre las que se construyó el pensamiento cristiano. Son los primeros en la fe del Nazareno.
Sus escritos son vigentes y constituyen una fuente teológica fundamental. La Iglesia les otorga este título porque actuaron en los primeros siglos del cristianismo y su enseñanza es reconocida como fiel a la fe. Son un manantial permanente y vivo de sabiduría.
Los historiadores suelen dividir la Patrología, la disciplina teológica que estudia a los Padres de la Iglesia, en tres grandes etapas:
Padres apostólicos. Escribieron entre finales del siglo I y mediados del siglo II. Entre ellos se encuentra san Clemente Romano, autor de uno de los documentos más antiguos fuera del Nuevo Testamento; san Ignacio de Antioquía, quien escribió siete cartas camino a su martirio en Roma, en las que defiende la unidad de la Iglesia en torno al obispo; y san Policarpo de Esmirna, discípulo directo del apóstol Juan.
Apologistas. Durante los siglos II y III, el cristianismo enfrentó tanto la persecución del Imperio romano como el desafío intelectual de las herejías gnósticas. Surgen entonces los apologistas, como san Justino Mártir, y teólogos como san Ireneo de Lyon, cuya obra Contra las herejías combate el gnosticismo; Tertuliano, primer gran escritor cristiano en lengua latina; y Orígenes de Alejandría, gran conocedor de la Biblia.
Padres del periodo niceno y postniceno. Tras el Concilio de Nicea, en 325, que defendió la divinidad de Cristo frente a la herejía arriana, florece lo que se considera la edad de oro de la Patrística.
En Oriente sobresalen los llamados Padres Capadocios: san Basilio Magno, organizador de la vida monástica; san Gregorio de Nisa, de honda profundidad mística y filosófica; san Gregorio Nacianceno, que escribió sobre la Trinidad; y san Juan Crisóstomo, célebre por su elocuencia y por su predicación centrada en la caridad hacia los pobres y la condena de la riqueza no merecida.
En Occidente, este periodo está dominado por cuatro grandes figuras: san Ambrosio de Milán, quien bautizó a san Agustín y defendió la independencia de la Iglesia frente al poder imperial; san Jerónimo, traductor de la Biblia al latín en la versión conocida como la Vulgata, texto que sería la referencia bíblica de Occidente durante más de mil años; san Agustín de Hipona, autor de obras como Las Confesiones y La Ciudad de Dios e hijo de Mónica, una madre que, de vivir en nuestros tiempos, estaría de manera permanente en el diván de un lacaniano; y el papa san Gregorio Magno, quien cierra el periodo patrístico en Occidente y sienta las bases del pensamiento medieval.
El aporte de los Santos Padres de la Iglesia es fundamental porque contribuyeron a fijar el canon de las Escrituras, discerniendo qué textos forman parte de la revelación y cuáles no; defendieron la ortodoxia frente a numerosas herejías, lo que obligó a precisar con rigor conceptos centrales como la Trinidad y la naturaleza de Cristo; y desarrollaron una teología moral y espiritual que sigue nutriendo la vida cristiana.
Pero, además, su enseñanza es necesaria para abonar a la fe de los creyentes. Ese don, de no cuidarse, puede diluirse. La mayoría de aquellos hombres no tuvo una vida fácil, y su ejemplo ayuda en estos días a fortalecer la convicción de quienes seguimos al Galileo y queremos ver el Reino desde la tierra.
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