Contradicciones. Esperanza. Por Ricardo Monreal Ávila
Las y los jóvenes siempre encuentran una manera de recordarnos que gobernar no significa disponer de la vida de las demás personas. Cuando las oportunidades escasean y los derechos comienzan a ponerse en duda, las nuevas generaciones salen a las calles para exigir respuestas.
Así está ocurriendo en distintos rincones del mundo, en donde la generación Z demuestra que no piensa quedarse mirando cómo se decide su futuro sin ser tomada en cuenta. En Francia, Italia y otros países europeos, las movilizaciones juveniles han puesto sobre la mesa problemas como el encarecimiento de la vida, la falta de perspectivas laborales y educativas y las dificultades para acceder a una vivienda.
Reducir estas movilizaciones a meros episodios de violencia sería ignorar las causas que llevan a tantas personas a ocupar el espacio público; escuchar las demandas sociales es una responsabilidad de cualquier gobierno.
Cuando un pueblo defiende sus derechos, también defiende la posibilidad de que las siguientes generaciones vivan con mayor libertad y dignidad. Por eso, estas movilizaciones nos dejan la importante lección de que las juventudes son mucho más que el futuro de una nación; son una fuerza presente, capaz de cuestionar inercias, organizarse y abrir caminos cuando las instituciones dejan de responder a sus necesidades.
Las grandes transformaciones sociales nunca han dependido exclusivamente de quienes ocupan los espacios de decisión, sino también de quienes se atreven a exigir que las cosas cambien. En México tenemos muchas razones para valorar ese derecho y seguir fortaleciéndolo. La transformación que vive nuestro país reconoce que la ciudadanía debe participar, expresar sus diferencias y exigir cuentas.
La libre manifestación es un derecho constitucional, no una concesión de ninguna autoridad. El artículo 9 de nuestra Carta Magna protege el derecho de asociación y reunión pacífica con fines lícitos. Por eso, el compromiso de un gobierno democrático, como el que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum, consiste en garantizar que la gente pueda manifestarse sin miedo, proteger su integridad y que sus demandas sean atendidas.
La libertad no es que todas y todos pensemos igual, consiste en que podamos expresar nuestras diferencias y encontrar soluciones sin renunciar a nuestros derechos. Y la esperanza está precisamente ahí, en una generación de jóvenes que pregunta, cuestiona y participa; en una sociedad que no acepta la desigualdad como destino y en la convicción de que ningún avance está completo si deja a alguien atrás.
Escuchar a las nuevas generaciones permite corregir el rumbo y construir un futuro más justo, pues siempre que las y los jóvenes alzan la voz para defender su dignidad también están recordándonos que la esperanza se mantiene viva cuando la gente tiene la libertad de participar y la certeza de que su voz será escuchada.
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