Una Historia para Compartir. En realidad, la oposición extraña a AMLO. Por Saúl Monreal Ávila

Una Historia para Compartir.  En realidad, la oposición extraña a AMLO.  Por Saúl Monreal Ávila

El inicio de este año estuvo marcado por un hecho político que cimbró el tablero nacional: la reaparición pública del expresidente Andrés Manuel López Obrador en medio de las tensiones internacionales derivadas de las declaraciones y amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y luego por la presentación de su libro “Grandeza”, bastó su presencia para provocar un auténtico sismo político y mediático.

Durante meses, los mismos opinólogos y “todólogos” de siempre insistieron en una narrativa: “¿Dónde está López Obrador?”, “¿De qué se esconde?”, “No sale porque tiene miedo”, “No sale porque la gente ya no lo quiere”, la ausencia era presentada como prueba de debilidad.

Sin embargo, en cuanto reapareció y fue recibido con el júbilo popular que sólo despiertan los liderazgos auténticos, esos mismos espacios cambiaron el guion: ahora cuestionaban “¿a qué sale?”, “¿por qué se mete en este gobierno?”, “¿es él quien realmente manda?”, “¿viene a desestabilizar?”, nos hacen reír, su contradicción fue evidente.

Ese doble rasero confirma algo innegable, en la vida política moderna de México no hay figura que genere tanta atracción, interés y debate como el expresidente López Obrador. Se le critique o se le respalde, su sola presencia ordena la conversación pública, eso no ocurre con liderazgos menores; ocurre con quienes marcaron época.

En los últimos meses también hemos visto como lo quieren criticar hasta ridiculizarlo, pero los hechos cuentan otra historia, el movimiento que hoy gobierna no nació del poder, sino de la perseverancia. Movimiento Regeneración Nacional no fue una franquicia electoral improvisada; es la construcción paciente de una fuerza política que conquistó el país, organizó comités de base y consolidó un proyecto alternativo de nación.

En el ejercicio de gobierno se tomaron decisiones que rompieron inercias históricas: combatir privilegios fiscales de grandes contribuyentes, reorientar el presupuesto hacia programas sociales y aumentar de manera sostenida el salario mínimo. Estas medidas no fueron ocurrencias; respondieron a un diagnóstico sobre desigualdad estructural. El salario mínimo recuperó poder adquisitivo y millones de personas mejoraron sus condiciones de vida. Podemos debatir matices, pero no negar el cambio.

La discusión sobre el Poder Judicial abrió un debate profundo sobre legitimidad y rendición de cuentas. Asimismo, la conferencia matutina diaria no fue sólo comunicación; fue una herramienta para disputar la agenda pública en un sistema mediático históricamente concentrado. Sin desmontarlo por decreto, se logró hablar directamente a millones de mexicanas y mexicanos.

Mientras tanto, observamos el intento de crear “nuevos” partidos que, en realidad, reciclan los mismos liderazgos y prácticas del pasado. Cambian el nombre, pero no el fondo. Su prioridad no parece ser un proyecto alternativo de país, sino la recuperación de cuotas de poder y control presupuestal que durante décadas administraron sin transformar la desigualdad.

La historia reciente demuestra que cuando el pueblo participa y se organiza, el rumbo del país cambia. Y ese es el verdadero tema que algunos prefieren no discutir.

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