Una Historia para Compartir. En fin, la hipocresía. Por Saúl Monreal Ávila
Hay imágenes que valen más que mil discursos, durante años, buena parte de la oposición mexicana y los medios de comunicación que simpatizan con ella, han querido construir una narrativa basada en la condena permanente de los privilegios ajenos.
Un boleto de avión, una comida en un restaurante, una fotografía en un evento privado o una estancia en un hotel, han sido suficientes, según ellos, para desencadenar días enteros de críticas, columnas de opinión, mesas de análisis y campañas en redes sociales, la vara para medir la conducta de los adversarios políticos parecía colocada a una altura imposible de alcanzar.
Sin embargo, llegó la inauguración del Mundial de Futbol y, con ella, una escena que exhibe una de las mayores contradicciones de la política mexicana contemporánea.
Personajes identificados con la oposición, dirigentes partidistas, empresarios abiertamente enfrentados al proyecto de la Cuarta Transformación y figuras públicas que suelen denunciar los supuestos excesos del oficialismo aparecieron sonrientes en palcos, zonas exclusivas y espacios VIP de uno de los eventos deportivos más costosos y exclusivos del planeta.
Las fotografías circularon ampliamente, incluso las publicaron con orgullo en sus propias redes sociales, no hubo intentos de ocultar la presencia ni de disimular el privilegio. Al contrario, parecía existir una necesidad de presumirlo.
Y ahí es donde surge la pregunta inevitable: ¿dónde quedaron los guardianes de la austeridad que durante años fiscalizaron hasta el último movimiento de sus adversarios?, claro van a decir que es su dinero y con él, hacen lo que quieren, pero en todos los casos es lo mismo, o ¿qué otra cosa podrían decir? ¿que ellos siempre han estado acostumbrados a ser diferentes de la demás gente y que no son ciudadanos comunes?
La respuesta parece tan simple como incómoda, cuando los protagonistas pertenecen al bloque opositor, los estándares cambian. Lo que en otros era considerado un exceso, el jueves fue es presentado como una actividad normal, lo que antes era motivo de escándalo, en la inauguración apenas merece una nota informativa, lo que se criticaba como un símbolo de desconexión con la ciudadanía, de pronto se convierte en una legítima celebración deportiva.
Resulta particularmente llamativo el comportamiento de algunos ciber opinadores, de esos que lideran el ataque continuo, y que han hecho de la crítica al gobierno federal una línea editorial permanente.
Esos mismos que suelen dedicar horas enteras a examinar cada gesto, cada viaje y cada fotografía de los integrantes del oficialismo guardaron una prudente distancia frente a la presencia de figuras opositoras en los costosos espacios más exclusivos del Mundial, no hubo indignación, no hubo editoriales incendiarios, no hubo llamados a la congruencia. Mucho menos investigaciones sobre costos o beneficios obtenidos.
La crítica política es necesaria en cualquier democracia, los gobiernos deben ser observados, cuestionados y sometidos al escrutinio público. Pero la credibilidad de quienes ejercen esa crítica depende de un principio fundamental: la consistencia. Cuando las mismas conductas son condenadas en unos y justificadas en otros, lo que desaparece no es solamente la objetividad; desaparece también la autoridad moral para señalar a los demás.
Por eso las imágenes de la inauguración del Mundial terminan siendo mucho más que simples fotografías de una celebración deportiva. Son el retrato de una doble moral que lleva años instalada en sectores opositores de la vida política.
Frente a esa evidencia, no queda mucho más que decir.
En fin, la hipocresía.
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