Una Historia para Compartir El futuro necesita árboles. Por Saúl Monreal Ávila

Una Historia para Compartir El futuro necesita árboles. Por Saúl Monreal Ávila

Vivimos en una época fascinada por la velocidad, hablamos de inteligencia artificial, algoritmos, redes sociales, automatización, ciudades inteligentes y nuevas tecnologías capaces de transformar en segundos la manera en que trabajamos, nos comunicamos y comprendemos el mundo.

Y, sin embargo, en medio de esa vertiginosa conversación sobre el futuro, existe una realidad mucho más antigua que cualquier innovación tecnológica y de la que depende nuestra propia existencia: la naturaleza.

Por ello, las recientes reformas que aprobamos hace unos días en el Senado de la República para fortalecer las herramientas contra la deforestación adquieren una relevancia que trasciende el ámbito estrictamente jurídico o administrativo.

La modificación de la Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable y de la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, mediante la incorporación del Certificado de Libre de Deforestación, representa un paso hacia una política ambiental con mayores capacidades de trazabilidad, vigilancia y responsabilidad institucional.

La lógica es fundamental, conocer la condición de los terrenos forestales, acreditar la legalidad de los cambios de uso de suelo y evitar que superficies transformadas mediante procesos ilícitos puedan incorporarse posteriormente a circuitos productivos y comerciales como si su origen fuera legítimo.

La dimensión del desafío obliga a tomarlo con seriedad pues México ha perdido millones de hectáreas de superficie forestal durante las últimas décadas. Detrás de cada hectárea no desaparece únicamente un conjunto de árboles. Se pierde biodiversidad, se alteran ciclos hidrológicos, se degrada el suelo, se fragmentan hábitats y se modifica el equilibrio ecológico del que dependen comunidades enteras.

Un bosque es mucho más que madera. Es territorio, es agua, es suelo, es biodiversidad y es un mecanismo natural de regulación climática, en sus ecosistemas conviven especies de flora y fauna que constituyen un patrimonio biológico irreemplazable, cuando un ecosistema desaparece, no existe tecnología capaz de reconstruir inmediatamente las complejas relaciones naturales que tardaron siglos en desarrollarse.

Por eso también debemos ampliar nuestra concepción del desarrollo. La modernidad no puede consistir únicamente en producir más, digitalizar más o conectar más personas. Una sociedad verdaderamente avanzada es aquella capaz de utilizar la innovación sin destruir las condiciones naturales que hacen posible la vida.

Estas reformas tienen además una dimensión profundamente territorial, sus efectos alcanzan a comunidades rurales, ejidos, municipios y regiones enteras cuya economía y supervivencia están vinculadas directamente con los recursos naturales. Proteger los bosques significa también proteger fuentes de agua, actividades productivas, patrimonio comunitario y posibilidades de desarrollo para las próximas generaciones.

Mientras discutimos qué hará la inteligencia artificial en los próximos años, deberíamos preguntarnos también qué bosques quedarán para entonces. Ambas conversaciones pertenecen al mismo debate sobre el futuro, pero con una diferencia esencial: la tecnología puede evolucionar; un ecosistema destruido puede tardar generaciones en recuperarse, o quizá no hacerlo jamás.

Conservar la naturaleza no significa mirar hacia el pasado. Significa garantizar que la humanidad tenga futuro. Y esa responsabilidad también se construye desde las leyes, desde las instituciones y desde decisiones como las que hoy está tomando el Estado mexicano.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista