Una Historia para Compartir. Cuauhtémoc Cárdenas, la dignidad de la izquierda. Por Saúl Monreal Ávila

Una Historia para Compartir. Cuauhtémoc Cárdenas, la dignidad de la izquierda. Por Saúl Monreal Ávila

La izquierda que nació de aquella ruptura no puede olvidar sus raíces. No nació para administrar privilegios ni para convertirse en una versión renovada del viejo régimen.

La historia de la izquierda mexicana no puede entenderse sin Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

Su fallecimiento, el pasado 28 de octubre, no solamente representa la pérdida de uno de los hombres fundamentales de nuestra democracia; también nos obliga a recordar una de las etapas más valientes y trascendentales de nuestra historia política: aquella en la que miles de mexicanos decidieron enfrentar al autoritarismo y desafiar a un régimen que se creía dueño absoluto del país.

La Corriente Democrática del PRI no fue una simple inconformidad partidista, fue una rebelión de conciencia. Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y muchos otros entendieron que la lealtad a México, a la democracia y a los principios estaba por encima de la disciplina de un partido. Rompieron con el poder porque se negaron a seguir legitimando un sistema que había secuestrado la voluntad popular.

En 1988, aquella lucha se convirtió en un movimiento nacional que desafió al régimen y que, pese al fraude electoral y a la histórica caída del sistema, abrió una grieta irreversible en el autoritarismo.

De esa resistencia surgió una nueva fuerza política, se construyó el PRD y se fortaleció una izquierda que durante décadas luchó por conquistar espacios democráticos y abrirle camino a la voluntad popular. Pero también hay que decirlo sin rodeos: la historia de la izquierda tiene páginas de dignidad y páginas de vergüenza.

El PAN, que durante años se presentó como adversario del priismo, terminó protagonizando las llamadas concertacesiones con el salinismo, negociando espacios de poder y reconocimientos políticos. Más tarde, sectores del propio PRD desdibujaron sus principios y terminaron pactando con quienes alguna vez combatieron. El Pacto por México fue una de las expresiones más evidentes de ese extravío político.

Por eso, recordar a Cuauhtémoc Cárdenas también significa recordar contra qué luchó y qué cosas jamás debieron negociarse. La democracia no es mercancía, los principios no son moneda de cambio y la soberanía nacional no puede sacrificarse para obtener beneficios políticos, los conservadores de ayer y de hoy siguen defendiendo, en esencia, los mismos intereses: los privilegios de las élites económicas y políticas.

Cambian de siglas, de discursos y de estrategias, pero no de convicciones. Son los mismos que obstaculizaron la democratización y que ahora pretenden presentarse como defensores de una democracia cuya construcción tantas veces intentaron frenar.

La izquierda que nació de aquella ruptura no puede olvidar sus raíces. No nació para administrar privilegios ni para convertirse en una versión renovada del viejo régimen. Nació para transformar las estructuras de poder, defender al pueblo, recuperar la soberanía y hacer de la justicia social una realidad, el legado de Cárdenas trasciende las fronteras mexicanas y forma parte de la historia latinoamericana de resistencia frente a las oligarquías y los autoritarismos.

Su mejor homenaje no consiste solamente en pronunciar discursos luctuosos o recordar sus hazañas, sino en no traicionar aquello por lo que luchó. Porque la transformación no se hereda, se defiende todos los días; la democracia no se mendiga, se conquista, y la dignidad de la izquierda no se negocia.

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