Una Historia para Compartir. Cuando la comentocracia pierde el partido. Saúl Monreal Ávila

Una Historia para Compartir. Cuando la comentocracia pierde el partido. Saúl Monreal Ávila

La discusión es estéril porque parte de una premisa equivocada: el Mundial no pertenece a los gobiernos ni a los partidos políticos, pertenece a la gente

Hay una euforia incompleta, algo que no alcanza el clímax con la Copa Mundial de la FIFA 2026 en México que ya será motivo de más análisis; sin embargo, resulta revelador observar cuáles temas han ocupado los encabezados, las mesas de análisis y las interminables discusiones de la llamada comentocracia nacional.

Mientras millones de mexicanos celebran el regreso del mayor espectáculo deportivo del planeta a nuestro país, una parte importante del debate mediático ha decidido concentrarse en un asunto cuya relevancia histórica, económica y social es prácticamente nula: la ausencia de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, en la ceremonia inaugural.

La discusión es estéril porque parte de una premisa equivocada: el Mundial no pertenece a los gobiernos ni a los partidos políticos, pertenece a la gente. Pertenece a las familias que se reúnen frente a una pantalla, a los niños que sueñan con vestir la camiseta nacional, a los comerciantes que ven aumentar sus ventas y a los miles de aficionados mexicanos y del mundo. La verdadera noticia es el entusiasmo popular, la enorme expectativa generada por el torneo y la oportunidad de proyectar a México ante el mundo.

Sin embargo, para ciertos sectores mediáticos anti cuatro te, la narrativa se construyó alrededor de la ausencia presidencial; lo llamativo es que el mismo nivel de escrutinio no pareció aplicarse a otros liderazgos políticos de los países organizadores. La cobertura se concentró casi exclusivamente en México, como si la presencia o ausencia de un jefe de Estado fuera el elemento determinante para evaluar el éxito de una Copa del Mundo.

Más aún, la polémica pierde fuerza cuando se recuerda que la decisión de la mandataria mexicana fue anunciada con antelación y explicada públicamente, pero eso pareció importar poco. Lo verdaderamente atractivo para algunos espacios informativos no era comprender las razones de la ausencia, sino utilizarla como un nuevo pretexto para alimentar una narrativa permanente de confrontación política.

La reacción evidencia un fenómeno más profundo, lo coreografiado de una opinocracia o comentocracia profesionalizada que, en ocasiones, parece más interesada en encontrar un ángulo de desgaste que en analizar los temas que realmente afectan a la población.

Se trata de un sector que ha convertido la crítica en un fin en sí mismo, incapaz de reconocer matices y, sobre todo, incapaz de distinguir entre los asuntos de interés nacional y las polémicas artificiales que apenas sobreviven unas horas en el ciclo mediático.

Porque si algo merece una discusión seria durante este Mundial no es quién ocupó o dejó vacía una butaca protocolaria, sino las condiciones impuestas por la propia FIFA para que la afición pueda disfrutar plenamente del torneo, ahí sí existen cuestionamientos legítimos, el costo de los boletos, los elevados precios de productos y servicios asociados al evento, las restricciones comerciales en las zonas mundialistas y las dificultades de acceso para amplios sectores de la población constituyen asuntos que impactan directamente a quienes sostienen con su pasión el espectáculo futbolístico.

México atraviesa tiempos complejos, marcados por debates políticos intensos y por desafíos económicos y sociales que no desaparecen durante un mes de futbol, pero por eso precisamente resulta saludable que existan espacios colectivos de alegría, identidad y celebración.

El Mundial es uno de ellos, mientras millones de mexicanos disfrutan la fiesta mundialista, algunos siguen obsesionados con la fotografía que no ocurrió, y quizá ahí reside la mejor metáfora de nuestro tiempo: hay quienes prefieren buscar una silla vacía antes que mirar un estadio lleno y a su país disfrutando.

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