Una Historia para Compartir. Ayotzinapa, la memoria viva. Por Saúl Monreal Ávila

Una Historia para Compartir. Ayotzinapa, la memoria viva. Por Saúl Monreal Ávila

Hay dolores que ninguna palabra puede aliviar. Perder a un hijo, puede ser, sin duda, una de las heridas más profundas que puede experimentar una familia; vivir sin saber dónde está, sin conocer su destino y sin tener un lugar donde llorarlo, es una condena que se renueva cada día, la desaparición de un ser querido no solamente arrebata una vida, también suspende la existencia de quienes esperan, de quienes buscan y de quienes se niegan a renunciar a la esperanza.

Este sábado 26 de septiembre, México volvió a recordar uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente: la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. A doce años de aquella noche de 2014, sus nombres permanecen en nuestra memoria y, sobre todo, permanece una pregunta que sigue esperando una respuesta plena: ¿qué ocurrió realmente con ellos y dónde están?

La tragedia de Ayotzinapa trasciende las fronteras de esas 43 familias. Es una herida que pertenece a todo México, porque representa uno de los episodios más graves de desaparición de jóvenes y una deuda que el Estado tiene con las víctimas, con sus familias y con la sociedad. Por eso, recordar no puede ser solamente un ejercicio de memoria; debe ser también un compromiso permanente con la verdad y la justicia.

Ayotzinapa no es un expediente más ni un acontecimiento que pueda archivarse con el paso del tiempo. Es una tragedia monumental que lastima nuestra conciencia colectiva y que obliga a preguntarnos qué país queremos construir cuando 43 jóvenes desaparecen y sus familias siguen esperando respuestas convincentes.

La verdad es que ninguna investigación, ninguna detención y ninguna explicación podrá devolverles a sus hijos. Lo sabemos y debemos decirlo con toda claridad. No existe reparación capaz de borrar esa ausencia. Sin embargo, hay algo que puede ofrecerles un poco de paz: conocer qué ocurrió, saber dónde están sus hijos, recuperar sus restos y llevarlos a descansar con dignidad.

Poder despedirse, encender una vela, pronunciar sus nombres y tener un lugar donde depositar una flor puede parecer algo sencillo para quien observa desde fuera, pero para una madre o un padre que lleva doce años buscando a su hijo representa una necesidad profundamente humana. Ese derecho elemental no puede convertirse en una promesa indefinida.

Nuestra presidenta de México, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, ha reiterado que Ayotzinapa es una prioridad de Estado y que las investigaciones deben continuar hasta alcanzar la verdad y la justicia. También ha planteado la necesidad de revisar elementos y líneas de investigación para avanzar en el esclarecimiento de los hechos. Es indispensable que esos esfuerzos se traduzcan en resultados verificables, que se expliquen con transparencia y que respondan a las legítimas inquietudes de las familias.

A doce años de aquella noche, México no puede acostumbrarse a la ausencia de los 43. No podemos permitir que el tiempo convierta la tragedia en una cifra ni que la memoria se reduzca a una fecha en el calendario.

Mientras no sepamos dónde están los 43 estudiantes y no se esclarezcan plenamente los hechos, Ayotzinapa seguirá siendo una herida abierta.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista