Semáforo en rojo No todo se aprende en la escuela. Pedro Díaz G.

Semáforo en rojo No todo se aprende en la escuela. Pedro Díaz G.

Antes de la redacción hubo otra formación que no aparece en ningún plan de estudios. Me ocurrió entre los trece y los quince años, en la Secundaria 17, ubicada en la esquina de Patriotismo y Viaducto, y a la que llegaba desde la Hipódromo Condesa, a bordo de un camión Roma-Mérida, que por 30 centavos se sumergía en la colonia Escandón. A esa edad uno no sabe que está cruzando fronteras. Solo vive.

La secundaria 17 tenía un ritmo propio.

Salíamos a la calle todavía con uniforme y ya éramos otros. Las tardes estaban llenas de ruido, risas, planes improvisados. Peleas entre compañeros, como siempre, de cuando en cuando, a las que todos acudíamos presurosos, encendidos los ánimos. Escuchábamos a Donna Summer en grabadoras portátiles; Love to Love You Baby sonaba como si el mundo fuera más pasional de lo que alcanzábamos a entender. Con Disco Tex & The Sex-O-Lettes y su Get Dancin’, todos queríamos movernos igual que en las pistas iluminadas que veíamos en el cine. Barry White llenaba cualquier cuarto con su voz grave y poderosa. El amor comenzaba a florecer en los ojos de tus compañeras; en lo ceñido o no de sus uniformes. En las notas I’m not in love, de 10 cc. O en la hora del recreo donde no dejabas de admirarlas.

Íbamos a fiestas de música disco donde las luces giraban, el piso vibraba y nosotros creíamos dominar el movimiento, entre vasos de coca cola y ron. Bailábamos sin técnica, pero con convicción. El sudor era parte del uniforme. Nadie pensaba en el día siguiente. La secundaria era ese territorio donde todo parecía empezar y nada parecía terminar.

Bailábamos bumping como los mejores hasta que apareció el hustle con Silver Convention y nos obligó a aprender pasos más coordinados. Nos obligó a desacelerar.

Ensayábamos los movimientos en patios, en fiestas, sobre todo en las de Gelati 49, épicas en su tiempo; o en salones como El Ruedo, en la colonia Nápoles, al lado de la Plaza de Toros México. En las aulas bien podrían enseñarnos que alegre, el El Jibarito va; o el Himno a la Alegría, pero para nosotros, en ese momento, la música disco era la perfecta extensión de nuestra energía.

Reíamos sin cálculo.

Ironizábamos.

Nos empujábamos, competíamos, inventábamos un mundo ideal a cada minuto. No teníamos dinero ni estrategia de futuro.

Teníamos tiempo. Éramos infinitamente felices, sin saberlo.

Uno de mis mejores amigos siempre ha sido Salvador. Hoy es entrenador especializado en fisiculturismo, fue Mister México en 1986, un profesional disciplinado, metódico. Pero entonces era un adolescente como nosotros, con energía inagotable y una determinación física que ya empezaba a notarse.

En la calle de Tula, en la Condesa, en algunas tardes de 1975 quizás, fabricamos sus primeras pesas. Un palo de escoba atravesado por botes rellenos de cemento. Los dejábamos secar con paciencia. Pesaban lo suficiente para que dolieran los brazos. También rellenamos un costal donde practicábamos golpes y patadas al estilo kung fu. En ese entonces, algunos usábamos chacos. Éramos hijos de las películas que veíamos en el cine, de Bruce Lee, de James Bond, de la música disco que marcaba el ritmo de nuestras tardes y de una ciudad que nos parecía infinita.

En esos años, algunos primos más grandes de Salvador y otros amigos habían descubierto algo que combinaba riesgo, habilidad y temeridad: los Volkswagen viejos, modelos 66 al 69, con llave redonda. Decían que con un juego de varias llaves, ellos tenían nueve, podían abrirlos. Yo no participé en la mecánica, bueno, una vez. Pero me subía. Nos subíamos todos. Después de clases pasaban por nosotros a la secundaria y salíamos a recorrer la ciudad como si fuera nuestra.

Fuimos al Desierto de los Leones. A Chapultepec. A San Ángel. La ciudad era un mapa abierto y nosotros avanzábamos sin calcular consecuencias.

Un día uno de esos coches se descompuso bajando por Patriotismo, cuando apenas nos habíamos subido. La caja de velocidades dijo basta y la palanca comenzó a girar sin sentido. El conductor logró dar vuelta con el impulso que llevaba y lo estacionó en la esquina de Progreso y Comercio. Ahí se quedó, ahí lo dejamos. Días. Meses. Años, al menos cuatro o cinco. Cada vez que pasábamos por la zona lo mirábamos con una mezcla de incredulidad y pertenencia. Era un monumento involuntario a nuestra imprudencia.

Ese fue parte del clima de nuestra adolescencia: fuerza improvisada con botes de cemento, kung fu en la azotea de Tula 46, Donna Summer sonando en alguna grabadora, el hustle aprendido a medias, coches ajenos avanzando por las avenidas de la ciudad, y la sensación de que nada podía salir mal.

¿Nada?

El día que ingresé a la UNAM comenzó temprano.

Salvador pasó por mí a Culiacán 40. Mi padre era conserje ahí. Yo salí vestido con mis mejores garras, llevaba mis papeles en orden. Antes de irnos le pedí una pluma para firmar los documentos de inscripción. Don Ciri escribía con letra limpia, una caligrafía como de colegio de monjas, y, además, le gustaban las plumas. Fuentes y atómicas. Me prestó una atómica del las más bonitas, que eligió de entre varias. No era un objeto cualquiera; era una herramienta que él valoraba.

Nos fuimos hacia Naucalpan. Recuerdo el Periférico, la distancia, el vochito azul marino avanzando con paciencia, el trámite, las filas, las firmas. Ese día quedé inscrito en el Colegio de Ciencias y Humanidades.

Era el inicio formal de otra etapa. Lo sabíamos, aunque no lo dijéramos. Se sentía en el ambiente. No era un día cualquiera. No estaba diseñado para eso.

Y no lo fue.

De regreso, ya en la ciudad, circulábamos por la Condesa. Nos detuvimos en un alto sobre Benjamín Hill, esquina con Patriotismo. Patriotismo ya tenía sus seis carriles. Era ya una avenida amplia, rápida. Nosotros estábamos detenidos, platicando. Salvador volteó hacia atrás cuando alguien en una motocicleta de muy baja cilindrada empezó a gritar que ese coche no era nuestro.

Todo pasó en un segundo. Lo miré. No hubo deliberación. Ni opciones. Simplemente Salvador aceleró.

Cruzamos Patriotismo en rojo.

Recuerdo el gesto automático de mi mano pidiendo a los coches que se detuvieran. No sé por qué lo hicieron. Tal vez por sorpresa. Tal vez por reflejo. El motor respondió al manejo en modo huida de Chavita. Pasamos los carriles uno por uno y logramos internarnos del otro lado.

La motocicleta venía detrás.

La persecución siguió varias cuadras. Unas dieciocho, calculo ahora. Las conocidas calles de la Condesa se volvieron estrechas. Yo sentía una mezcla de adrenalina y lucidez extraña. En algún punto comencé a limpiar superficies dentro del coche, como había visto en películas: el tablero, la manija, el espejo. Un gesto inútil, salvo por lo cinematográfico.

Finalmente estacionamos a toda prisa en la calle de Ometusco, frente a Foto Eka. Cerramos el coche con llave, como si eso pudiera normalizar la escena. Bajamos y caminamos sin correr. La motocicleta llegó al sitio demasiado tarde.

Nos habíamos escabullido por Mexicali.

Ya lejos, con el pulso bajando, entendí algo mínimo pero definitivo: la pluma de mi padre se había quedado dentro del coche, en el asiento del copiloto. Me di cuenta al azotar la puerta con el seguro puesto.

No hice nada por recuperarla.

Ese detalle quedó suspendido en mi memoria más que la persecución. No fue el cruce en rojo, ni el riesgo, ni la huida. Fue la pluma.

La pluma con la que había firmado mi ingreso a la UNAM.

La pluma de la caligrafía ordenada de mi padre.

La pluma que representaba una línea recta.

Se quedó en el interior de un Volkswagen ajeno, abandonado en una esquina de la Condesa.

Ese día terminó una etapa.

Entre Chava y yo no hubo discurso ni despedida. No prometimos nada. Simplemente el tiempo comenzó a exigir otra conducta.

Cursamos el CCH en turnos distintos.

Salvador tomó su camino, disciplinó su fuerza, la convirtió en método. Hoy sigue haciendo del movimiento un arte. Yo tomé el mío.

A los 64 años sigo recordando con nitidez esa tarde: el semáforo en rojo, los seis carriles abiertos, mi mano pidiendo paso, la motocicleta detrás, la respiración contenida al doblar la esquina.

Y la pluma.

La adolescencia tiene algo de eso: cruzar avenidas en rojo creyendo que el mundo se detendrá. Y sí, a veces se detiene. Pero a veces no.

Yo crucé.

Y al hacerlo abandoné algo más importante.

Cuando más tarde me senté frente a una máquina de escribir, cuando firmé mis primeras notas, cuando entendí el peso de la responsabilidad pública, supe —sin necesidad de dramatizarlo— que ya no podía vivir en el margen de la imprudencia.

La ciudad sigue siendo la misma. Patriotismo sigue ahí, con sus seis carriles.

Pero yo ya no soy el mismo que levantaba la mano pidiendo paso.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista