Para Contar. Hank González, Estadio Banorte y el Mundial. Por Arturo Zárate Vite
Lo único que le faltó en la escalera del poder fue llegar al último peldaño, a la presidencia de la República.
Y no llegó porque era hijo de padres extranjeros.
Entonces la Constitución le negaba esa posibilidad.
Empezó desde el primer peldaño, no se saltó ninguno, como profesor rural, normalista, originario de Santiago Tianguistenco. Murió unos días antes de cumplir 74 años.
Famoso y popular profesor Carlos Hank González.
Si hoy viviera estaría feliz y exhibiría su mejor sonrisa al ver el nombre de Banorte en todo lo alto del estadio Azteca, que a partir de junio será sede del tercer mundial de futbol.
Por arreglos comerciales, fue rebautizado el renovado coloso de Santa Úrsula.
El nieto Carlos Hank González, con el mismo nombre del profesor, es el presidente del Consejo de Administración del Grupo Financiero Banorte.
Sin duda, su abuelo tendría sobrados motivos para estar orgulloso, contento del éxito de sus descendientes, de la familia que ha sabido multiplicar el patrimonio y prestigiar el apellido.
El profesor fue director de escuela en Atlacomulco, estado de México; maestro de la Escuela Normal Superior de México, director de educación secundaria, tesorero del ayuntamiento de Toluca, presidente municipal de Toluca, director de Gobernación en su estado, diputado federal, director de Conasupo, gobernador en Edomex, regente del Distrito Federal (CDMX), secretario de Turismo y secretario de Agricultura.
Después se dedicó a la vida privada y a los negocios, respetado como jefe del grupo político Atlacomulco.
Hubo oportunidad de conocerlo en su último cargo público, en la secretaría de Agricultura.
Ahí estuve en su oficina invitado por el propio profesor, solo para platicar “off the récord”, para hablar de política. Jovial, amable, con su voz estentórea y distintiva sonrisa.
Me dejó grata impresión, estaba en el final de su vida pública.
Su forma de comportarse correspondía a la imagen creada en la redituable y larga carrera política.
Era cautivador, con una especial habilidad para alcanzar sus objetivos.
Fue la primera y última vez que lo vi con vida.
Como periodista de El Universal, me tocó hacer la cobertura de su funeral.
Velado en la casa de Atlacomulco. Nunca había visto tal desfile de personalidades (funcionarios, empresarios, académicos, artistas, deportistas) para expresar condolencias a la familia de un político.
Si bien ya no hacía vida pública ni ocupaba cargo alguno, para nadie era un secreto la influencia que tenía en los negocios y en la política.
Le gustaba la convivencia en su propia casa y también ir al domicilio de sus amigos.
Eran frecuentes sus reuniones con Luis Donaldo Colosio, Emilio Gamboa, Manlio Fabio Beltrones y Juan Francisco Ealy Ortiz.
En ocasiones asistía Raúl Salinas. Hablaban de todo.
No eran juntas de trabajo sino encuentros amistosos, festivos.
Espléndido con sus amigos.
Hubo reuniones del reducido grupo en las que regaló a cada invitado seis botellas del exclusivo y costoso vino Petrus. La bebida que le agradaba al profesor.
Su carrera en la política, como la de todos y todas que se dedican al servicio público, no estuvo exenta de críticas y acusaciones, desde desvío de recursos hasta supuestos contactos con capos de la droga.
Nunca le probaron nada.
Se cuidó hasta de no cometer infracciones de tránsito.
Inmortalizó la frase “un político pobre, es un pobre político”, quizás producto de su propia experiencia, porque empezó siendo maestro rural y cerró como próspero empresario.
Como regente del Distrito Federal, ahora Ciudad de México, impulsó la construcción de Ejes Viales, dio vida a la Central de Abastos y siguió el desarrollo del transporte colectivo Metro.
El profesor Carlos Hank González, donde quiera que se encuentre, mirará satisfecho el trabajo de hijos y nietos, que han tenido mucho más éxito participando en la iniciativa privada y no en la política.
Su nieto ha conseguido ubicar al banco entre los mejores del sistema financiero nacional.
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