Oleajes. Eso sí da miedo: 7 de cada 10 niñas carecen de educación menstrual en la escuela. Por Oscar Vázquez C.
En temporada de Muertos o Halloween, los monstruos, la sangre y las historias de terror se convierten en parte del entretenimiento. Pero hay una realidad que debería provocarnos mucho más miedo que cualquier película: millones de niñas y mujeres enfrentan la pobreza menstrual, una condición que vulnera su salud, limita sus oportunidades y, en algunos casos, las obliga a faltar a la escuela por algo tan natural como menstruar.
Eso sí da miedo.
No se asusten: esta lamentable situación no sucede en México en todos lados, pero sí, lamentablemente. El dato que da título a este texto corresponde a Ecuador, donde la marca Íntima, en alianza con Plan International Ecuador, lanzó la campaña "Eso sí da miedo", una iniciativa que aprovecha la temporada de Halloween para poner sobre la mesa una problemática que sigue rodeada de prejuicios, desinformación y silencios: la falta de productos de higiene, educación menstrual e infraestructura sanitaria digna.
De acuerdo con los datos difundidos por la campaña, más de cuatro millones de mujeres en edad reproductiva viven en condiciones de pobreza menstrual en ese país. Además, una de cada diez niñas carece de productos básicos para gestionar su menstruación, por lo que algunas deben improvisar con papel higiénico, telas o periódicos.
En México, aunque las cifras y las condiciones varían según la entidad, la pobreza menstrual también representa un problema de salud, educación y desigualdad. La falta de ingresos, el costo de los productos, la carencia de agua e infraestructura sanitaria y la persistencia de tabúes pueden dificultar que niñas y adolescentes vivan su menstruación con dignidad. En comunidades rurales, indígenas y zonas de alta marginación, estas barreras suelen agravarse.
La comparación entre ambos países debe hacerse con cautela, porque no todos los estudios utilizan los mismos indicadores ni abarcan a la misma población. Sin embargo, el problema de fondo es similar: menstruar puede convertirse en una desventaja educativa cuando no existen productos accesibles, información confiable y espacios adecuados.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede hablarse de igualdad de oportunidades cuando una necesidad biológica se convierte en una barrera para estudiar, convivir y desarrollarse?
El verdadero terror está en las aulas
La pobreza menstrual no se resuelve únicamente repartiendo toallas sanitarias. El problema también está en las escuelas que carecen de baños adecuados, agua corriente, privacidad y condiciones para manejar los desechos sanitarios. A esto se suma la falta de información confiable, que alimenta los mitos y la vergüenza alrededor de la menstruación.
El resultado puede ser devastador: niñas que faltan a clases, adolescentes que viven su primera menstruación con miedo y estudiantes que deben enfrentar una situación natural sin los recursos necesarios para hacerlo con dignidad.
En México, la educación menstrual tampoco está garantizada de manera uniforme. Aunque los contenidos sobre salud sexual y reproductiva forman parte de los programas educativos, su aplicación puede depender de la capacitación docente, los materiales disponibles y las condiciones de cada escuela. La información que reciben las estudiantes no siempre es suficiente para resolver dudas prácticas ni para combatir los prejuicios que todavía persisten en hogares, comunidades y aulas.
Y aunque la campaña pone el foco en Ecuador, el tema merece una reflexión en la región de America Central y Sudamérica. La educación menstrual no debería depender del lugar donde nace una niña, de los ingresos de su familia ni de la disposición de una marca comercial para visibilizar el problema.
La menstruación no es una enfermedad, una vergüenza ni un motivo para abandonar las aulas. Es un proceso biológico que debe abordarse con información, salud pública y políticas educativas.
Una campaña que convierte el miedo en conversación
Bajo el lema "Sin miedo a la regla", Íntima ha impulsado acciones para derribar tabúes y promover una relación más informada con la menstruación. Su programa social Niñas sin Miedo, de acuerdo con la información proporcionada por la marca, ha llegado a más de 97 mil niñas durante siete años mediante talleres educativos, entrega de insumos de higiene y actividades de sensibilización.
“La data de la pobreza menstrual es lo más escalofriante que vivimos todo el año. No solo en Halloween. Esperamos que esta acción reviva la conversación que tanto duele”, afirmó Gilda Valle, directora de Estrategia de Garnier Ecuador.
Yamel Ortiz, jefe de Marca Íntima en La Fabril, destacó la importancia de llevar productos y educación menstrual a comunidades vulnerables para evitar que las niñas pierdan clases por falta de recursos o información.
La campaña también recurre a creadores de contenido, figuras públicas y embajadores de Plan International Ecuador para ampliar su alcance en redes sociales, plataformas digitales y publicidad exterior.
La estrategia tiene un mérito: utiliza una fecha asociada con el miedo para llamar la atención sobre una realidad que suele permanecer fuera de la conversación cotidiana. Pero la pregunta de fondo es si la visibilidad conseguida durante Halloween se traducirá en acciones sostenidas cuando termine la temporada.
Más allá del marketing: ¿quién garantiza los derechos de las niñas?
Las campañas empresariales pueden contribuir a romper silencios, movilizar recursos y acercar información a comunidades que la necesitan. Sin embargo, la pobreza menstrual no puede convertirse únicamente en una causa de temporada ni depender de iniciativas voluntarias para recibir atención.
Garantizar productos menstruales accesibles, baños seguros, agua limpia y educación científica requiere la participación de las autoridades, las instituciones educativas, las organizaciones sociales y el sector privado.
En México, las políticas públicas han avanzado en algunos frentes, como la discusión sobre la gratuidad y el acceso a productos menstruales en escuelas y espacios públicos. No obstante, la implementación sigue siendo desigual y persisten diferencias importantes entre entidades, municipios y comunidades. La existencia de una medida o programa no garantiza por sí sola que una niña en una zona rural o marginada tenga una toalla sanitaria, agua y un baño privado cuando lo necesite.
También exige evaluar resultados: cuántas niñas reciben información, cuántas escuelas mejoran sus instalaciones y cuántas estudiantes dejan de faltar a clases por no contar con productos de higiene. Sin indicadores verificables, el impacto de una campaña corre el riesgo de medirse por su alcance publicitario y no por los cambios concretos en la vida de las beneficiarias.
Además, las cifras deben comunicarse con precisión. El dato de que siete de cada diez niñas no reciben educación menstrual en la escuela debe acompañarse de una fuente, un territorio y una metodología que permitan verificar su alcance. La información difundida en el material de la campaña también señala que una de cada diez niñas carece de productos menstruales básicos; ambos indicadores describen problemas relacionados, pero no son equivalentes.
El miedo que debería quitarnos el sueño
En este tiempo de celebración de las ánimas o Halloween, el terror dura una noche. La pobreza menstrual, en cambio, puede repetirse cada mes y acompañar a una niña durante años de su formación escolar.
Por eso, la campaña "Eso sí da miedo" plantea una conversación necesaria, pero también deja una tarea pendiente para la sociedad: pasar de la indignación a las soluciones.
Porque ninguna niña debería improvisar una protección menstrual, esconder su menstruación por vergüenza o perder clases por falta de recursos. Ninguna tendría que aprender a vivir con miedo a un proceso natural.
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