Contradicciones. Nacionalismo sentimental vs. soberanía real. Por Ricardo Monreal Ávila
En tiempos de incertidumbre global, conflictos geopolíticos y tensiones económicas, el discurso nacionalista vuelve a ocupar el centro del debate público. Se agita en plazas, redes sociales y tribunas políticas como una bandera de orgullo, identidad y resistencia.
Sin embargo, conviene preguntarnos: ¿de qué tipo de nacionalismo hablamos? ¿Del que apela a la emoción colectiva o del que se traduce en una soberanía real, medible y sostenible?
El nacionalismo emocional se alimenta de símbolos, agravios históricos, relaciones heroicas y la división entre nosotros y ellos. Funciona bien porque conecta con sentimientos profundos: pertenencia, miedo, enojo, esperanza. Es simple, potente y viral. Basta una consigna, un gesto patriótico o una narrativa de amenaza externa para movilizar a millones. No es necesariamente falso; los pueblos tienen memoria, heridas y aspiraciones legítimas. El problema surge cuando la emoción reemplaza al análisis y la épica reemplaza a la política pública.
Este tipo de nacionalismo suele prosperar en contextos de frustración social: inflación, desigualdad, corrupción, inseguridad. Frente a problemas complejos, ofrece respuestas rápidas y morales. Identifica culpables externos, promete recuperar una grandeza perdida y convierte cualquier crítica en traición. Así, la discusión se polariza y la deliberación democrática se empobrece. La patria deja de ser un proyecto compartido y se vuelve un estándar exclusivo, administrado por quienes controlan la relación.
La soberanía real, en cambio, es menos ruidosa y mucho más exigente. No se construye con discursos encendidos, sino con instituciones sólidas, capacidad económica, Estado de derecho, independencia tecnológica, seguridad energética y diplomacia eficaz. Implica poder tomar decisiones propias sin someterse a presiones indebidas, pero también asumir los costos de esas decisiones. Supongamos invertir en educación, ciencia e infraestructura; fortalecer la justicia; combatir la corrupción; diversificar relaciones comerciales, y proteger recursos estratégicos sin aislarse del mundo.
Mientras el nacionalismo emocional se expresa en actos simbólicos, la soberanía auténtica se mide en indicadores concretos: cuánto produce un país; qué tan dependiente es de insumos externos; si puede alimentar a su población; si sus leyes se cumplen; si sus ciudadanas y ciudadanos confían en sus instituciones. También se refleja en la capacidad de negociar con firmeza, no desde la estridencia, sino desde la credibilidad y la coherencia.
No son necesariamente conceptos opuestos. El apego a la nación puede ser una fuerza positiva cuando impulsa la responsabilidad cívica, la solidaridad y el compromiso con el bien común. El problema aparece cuando la emoción se convierte en sustituto de la estrategia y cuando la identidad se usa como cortina de humo para ocultar fallas estructurales. Gritar soberanía no garantiza poseerla; muchas veces, quienes más la invocan son los que menos invierten en las condiciones que la hacen posible.
En sociedades democráticas, el reto es transformar el sentimiento nacional en un proyecto de largo plazo. Pasar del orgullo reactivo al orgullo productivo: el que nace de escuelas que funcionan, hospitales equipados, empresas competitivas, campos sustentables y gobiernos transparentes. Ese orgullo no necesita enemigos constantes para sostenerse; se apoya en resultados.
El mundo actual, interdependiente y tecnológicamente integrado, obliga a repensar la soberanía. Ningún país es completamente autosuficiente, pero algunos negocian desde la fortaleza y otros desde la vulnerabilidad. La diferencia no la marca la intensidad del discurso patriótico, sino la calidad de sus instituciones y la preparación de su gente.
Nuestra Presidenta ha sabido llevar nuestra soberanía real al ámbito internacional, defendiendo los intereses del pueblo de México, teniendo una estrategia anticipada y bien planeada que ha rendido sus frutos en lo económico y lo social. Como país, nos toca estar unidos y respaldarla, porque buena parte de ese éxito es que sus decisiones las descansan en el apoyo de nuestra población. El camino es el correcto, sigamos avanzando en unidad, logremos que los nacionalismos sentimentales no permeen de mala manera en nosotras y nosotros.
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