Los Nombres del Silencio (Tlatelolco, 1968)

Los Nombres del Silencio (Tlatelolco, 1968)

Por Gonzalo Álvarez del Villar

En memoria de quienes, desde ese día, ya no están.

Los golpes en la puerta fueron sólidos, urgentes. Al abrir una madre con su pequeña hija aferrada a su pierna, y con una muñeca de trapo, me lanzó una pregunta que era, en realidad, una súplica:

—¿Aquí vive la señora Rosaura?

—No —le respondí, en el entendido que, en ese día, en Tlatelolco, la verdad no salvaba vidas—, pero pásele.

Entraron, seguidas por otros tres jóvenes de pelo largo. Venían casi a rastras, pálidos y con la ropa revuelta. Se acomodaron como pudieron en el suelo, lejos de las ventanas, convirtiéndose en los primeros habitantes temporales de mi casa.
Minutos antes de su llegada, hasta mi ventana del quinto piso ascendían los rumores de los juegos infantiles y de gritos de alegría.

De pronto, un rítmico golpeteo invadió el espacio. Me asomé a la ventana que daba la cara hacia la Plaza de las Tres Culturas. Bajé la vista y vi el paso firme, sonoro, de medio centenar de soldados. Silenciosos, fusiles en mano, invadían el rectángulo de la zona de diversión. Se dirigían rumbo a la explanada.

Y así, después de la llamada a la puerta, mientras la luz de la moribunda tarde aún se filtraba, oblicua, por las ventanas del departamento, el mundo, a mis 14 años, empezó a desmoronarse.

La calle era un río de gente que corría, huía, sin poder ir más allá.

El gran muro de la planta de acero La Consolidada se convirtió en cómplice involuntario de la masacre: su pared, de cinco o seis metros de altura y casi un kilómetro de longitud, funcionó como una muralla ciega que atrapó a quienes, despavoridos, intentaban huir hacia las colonias del norte, convirtiendo la avenida en un enorme pasillo sin escapatoria.

De la nada apareció una tanqueta. No se detenía: aplastaba a niños, hombres y mujeres. Los arrollaba sin miramiento. Y desde su parte superior un soldado disparaba, hiriendo y matando gente como si estuviera cazando conejos. No lo podía creer. Desconcertado, retrocedí. Al girar vi a madre e hija, sentadas en el suelo, sollozando.

Mientras, desde las escaleras de afuera del departamento, una marea humana subía y bajaba. La gente, apanicada, buscaba refugio. Metí a cuantos pude. Llegamos a ser quince en aquel espacio reducido. La mayoría, mujeres, una pareja de viejecillos, cinco jóvenes y la pequeña niña.

Todos nos apretujamos en el pequeño pasillo del departamento, protegidos por el grosor de dos muros. Ya empezaba a atardecer. Ahí, sólo silencio fragmentado, enmarcado por susurros de oraciones y respiraciones entrecortadas: unas agitadas, otras lentas. Y en medio de esa soledad de palabras, recargada en el vientre de su madre, la niña le hacía carantoñas a su muñeca. No había diálogos, sólo comentarios lanzados al azar:

—¿Cuándo terminará?

—Dios, por Dios, que esto acabe ya...

El murmullo de un fragmento de oración se mezclaba con el horror que entraba de fuera: gritos, lamentos, restallar incesante de balazos, que marcaban el ritmo de una tarde interminable, que se resistía a morir.

La marcha de los soldados hacia la Plaza ya llevaba media hora de ventaja. El estruendo de las balas, constante. Telefoneé a mi madre a su oficina para darle un reporte de calma tensa: yo estaba bien, pero ella debía quedarse allá. Mi padre, ilocalizable, hasta que horas después, mediante un telefonazo, nos dijo que permanecería en el diario. Apareció dos días después con la cara descompuesta y sin querer contar dónde había ido a reportear.

Varios de mis ‘invitados’ hicieron uso del teléfono para comunicarse con sus seres queridos. Entretanto, la soldadesca había ingresado a los edificios 'chaparros' para cazar subversivos, transformando la intimidad de los hogares en el escenario de una agresión.

Tras unas cinco horas de zozobra, llantos contenidos, Avemarías y una que otra maldición, la noche, más sombría aún, nos envolvió. Hasta ese momento ninguna luz se había encendido. Al prender la de la sala, llegó, como un relámpago, el momento decisivo para quienes estaban en mi casa: ¿cómo hacer para que mis ‘refugiados’ salieran sin contratiempo? El escape requirió astucia: entregué recibos de la casa: luz, teléfono, predial... para que, ante los retenes, fingieran ser vecinos y no, algunos, estudiantes en fuga.

Fueron saliendo en interminables cuatro o cinco minutos, todos agradecidos, bendiciendo al cielo y lanzando signos de cruz al aire. Entre el miedo y las prisas, la niña olvidó su muñeca sobre el sillón.

Cuando quedé solo me derrumbé ante la puerta de entrada. No podía asimilar la pesadilla vivida. Me cubrí la cara con las manos y las lágrimas las humedecieron.
Pasaron minutos, de esos que no tienen reloj. El chasquido de la cerradura me alertó: vi a mi madre y a tía Mery ingresar. Di un brinco, las abracé. Habían coincidido en el elevador. Una, sorteando los retenes plantados en Avenida Insurgentes y la otra corriendo desde su edificio, el Cuautla, a un costado del nuestro. Sus caras de asombro aumentaron cuando les platiqué lo sucedido en casa. En medio de ese desorden, la angustia total: de mi primita Rocío nadie sabía su paradero.

Tres suaves golpes en la puerta nos sobresaltaron. Abrió mi madre. Era el tío Eduardo, venía de su trabajo, en Excélsior, el cual “era un hervidero”. Después de preguntarnos si estábamos bien, avanzó hacia Mery. Se abrazaron y ella, con la voz entrecortada, le anunció la ausencia de Rocío: iniciaron los telefonazos a las conocidas de Mery, quien, previsora, llevaba su agenda.

A la cuarta o quinta llamada, respiros de alivio: estaba en casa de su amiguita Marichú. También estaban muy asustados. Informaron que, en un rato, Raúl, su joven hermano mayor, la llevaría a su casa, pero Mery, aun temerosa, pidió que mejor a la nuestra, que estaba a unos cientos de metros de distancia.

Minutos después, mi primita finalmente llegó escoltada por Raúl. El alivio de verla fue inmenso, besos y abrazos incluidos, pero duró poco: la madre de Marichú, después de un buen rato, habló a casa preguntando por su hijo. Se le hacía raro su tardanza. ¿El motivo? Después lo supimos: al joven, tras dejar a salvo a Rocío, lo detuvieron y se lo llevaron al Campo Militar Número Uno, donde estuvo, sin cargos en su contra, durante tres días. Lo que para nosotros fue un reencuentro, para él significó terminar como peón sacrificado.

Ante la noticia de la ausencia de Raúl, Eduardo paseó su mano por la cabeza, habló por teléfono. Pidió que se incluyera en alguna de las crónicas la desaparición de Raúl. Mery sollozó, mi madre se llevó una mano a la boca. Yo pensé lo peor. En un rincón, Rocío, desde el candor de sus seis años, conversaba con la muñeca olvidada por la niña. La miraba fijamente y le decía: “No tengas miedo, ahora yo voy a ser tu mamá. Y te llamarás Muñe”.

Ya casi de madrugada, con las mujeres ya dormidas, volví, insomne, a la ventana. La avenida Manuel González lucía oscura. Observé sombras: recogían cuerpos. Los soldados lanzaban, irrespetuosos, muertos y heridos dentro de camiones de asalto. Oí lánguidos y lastimeros quejidos. Incontrolado e inconsciente, no resistí y clamé al vacío:

—¡Asesinos! ¡Asesinos!

Surgió mi tío Eduardo y de un empellón me lanzó al suelo. Caímos, él encima de mí.

—¡Serás pendejo! —me recriminó, encabronado.

Apenas tocamos el piso, una bala restalló en el quicio de aluminio de la ventana, donde un segundo ante estuvo mi frente. Nos quedamos inmóviles. Minutos después, mientras Eduardo seguía pendejeándome por mi irreflexión, estallamos, al unísono, en una liberadora risa.

El amanecer fue tibio. Los cinco desayunamos, silentes. Rocío seguía abrazando a su Muñe mientras madre y tía Mery se alternaban el teléfono para saber noticias de sus allegados. Eduardo partió a su trabajo.

Como al mediodía, salí.

Manuel González me recibió triste, desgarrada. Circulaban escasos vehículos. Mujeres llorosas, enrebozadas. Algunos vendedores de tamales y panaderos en bicicleta, quizá ignorantes de lo sucedido ahí horas antes, ofertaban su mercancía a una escasa concurrencia. Había unos pocos grupos de vecinos, que hablaban en voz baja, como en confidencia. No querían alzar la voz para recordar la tragedia del día anterior.

Pisé la avenida donde horas antes habían caído hombres, niños y mujeres. Quizás estaba en el preciso lugar donde el soldado me disparó. Bajé la vista y, a pesar de que en la esquina estaba estacionado un camión de bomberos, la sangre, ahora seca, seguía ahí, untada al cemento como una bofetada.

Caminé casi sin rumbo. Pasé por la tienda de conveniencia, abierta, y por la peluquería, cerrada, igual que la tintorería. Crucé el estacionamiento a un costado de mi edificio, el Quintana Roo, y llegué a la gran jardinera: nuestro lugar de siempre, el punto donde la pandilla se juntaba para de ahí lanzarnos a jugar futbol en la gran plancha de concreto frente a la Plaza de las Tres Culturas.

Éramos diez u once los de siempre. Los de ley: el Mariaca, el Bisly, el Tuercas, el Genovevo y yo. Cruzábamos la prolongación de San Juan de Letrán, en esos años un río de coches en ambos sentidos, sin semáforos ni carriles de transporte. “Este cruce es la frontera —nos decía el Sugar, quien por ser hijo de un picudo arquitecto se sentía dueño de la verdad—, aquí está el futuro, el cemento nuevo de nuestra Unidad, allá, pasando la avenida, la plancha, donde se respira el aire viejo y oxidado de los ferrocarriles”.

Vi llegar al Bisly y al Tuercas. Venían con los brazos apoyados en los hombros del otro, formando una blanda mole de cansancio y miedo. El nerviosismo se les leía en los rostros. Nos saludamos, nos quedamos callados un rato. Nos sentamos en unas jardineras y luego ellos, atrabancados, quitándose la palabra, explicaron que habían ido a la marcha: “Para mentarle la madre al gobierno”, decía el Tuercas, “Para apoyar a los estudiantes”, reviraba el Bisly. Una bengala pintó el cielo, empezaron los balazos y se desató la corredera.

Nunca se separaron. Espoleados por el pánico, corrieron sin parar entre empujones. Llegaron al edificio Sonora, subieron las escaleras y en la azotea decidieron meterse en uno de los tinacos. Estuvieron ahí escondidos por horas, empapados hasta los huesos.

–Al salir, la ropa me pesaba tanto que no podía ni andar –relató el Bisly.

–Y yo, hasta me oriné dentro –confesó con una media sonrisa el Tuercas.

Nuestras forzadas risas pararon antes de que les contara mi experiencia pues vimos llegar, arrastrando los pies y con la mirada baja, al Genovevo. En todo el cuerpo llevaba la infausta noticia: encontraron muerto, a balazos, al Ronqui, enfrente de su casa. Lo encontró su mamá casi a medianoche: las farolas mortecinas iluminaban su cuerpo, que había marcado un largo camino de sangre.

El silencio nos devoró. No hubo más anécdotas de tinacos ni medias sonrisas. Ni tiempo tuve para contarles mi vivencia: cada uno partió a su casa cargando el peso de una ausencia en los hombros.

El viernes por la tarde lo velamos en su casa, marcada en la entrada por un gran moño negro. Los gimoteos de su madre y sus hermanas jamás pararon. Su padre, un obrero textil, no derramó una sola lágrima: todo el tiempo serio, furioso.

Desfilaron cientos de vecinos y la palomilla estuvo ahí presente. Algunos nos quedamos a dormir para, al día siguiente, partir rumbo al Panteón de los Ángeles.
La mañana del sábado amaneció nublada. Pasado el mediodía, después de tomar café, refrescos y tamales traídos por vecinas y recordar pasajes de la vida del Ronqui, el cortejo partió de Manuel González. La familia, a bordo de autos, precedió el paso de la carroza. Los dolientes formamos una larga fila que durante una inacabable media hora caminó lentamente hacia el panteón, bajo una estricta presencia militar.

La tarde pardeaba. A tumba abierta, apenas a tres días de lo de Tlatelolco y a diez días de la inauguración de los Juegos Olímpicos, inició la despedida. Se arrojaron flores, un balón de fútbol, algunos dulces y una playera del Oro, su equipo favorito. Fugitivas gotas de lluvia y llantos de la familia enmarcaban la escena. El sol jamás apareció.

En el Panteón de Nuestra Señora de los Ángeles, nosotros, sus compañeros, abrazados unos, otros con las manos convertidas en puños, dimos el último adiós al amigo.

Ese momento marcó el fin de nuestra adolescencia.