La Opinión de Carolina Viggiano. Se les acabó la narrativa… y también el dinero. Por Carolina Viggiano Austria

La Opinión de Carolina Viggiano. Se les acabó la narrativa… y también el dinero. Por Carolina Viggiano Austria

En las últimas semanas hay señales claras

En política económica, los números son fríos e implacables; el problema es cuando se usan para disfrazar la realidad. Hoy México vive exactamente eso: cifras que intentan tranquilizar, pero que difícilmente convencen a quienes leen los datos con rigor.

En las últimas semanas hay señales claras.

La primera. El Banco de México bajó la tasa de interés en un contexto de inflación al alza. No fue una decisión unánime: se aprobó con una votación dividida, tres a favor y dos en contra. Bajar la tasa hace más barato el dinero y aumenta su circulación; cuando hay más dinero persiguiendo los mismos productos, los precios tienden a subir. Al mismo tiempo, reduce el costo de la deuda pública. La coincidencia no pasa desapercibida.

La segunda. Hacienda presentó sus proyecciones asegurando estabilidad. Pero, detrás del discurso, el crecimiento será bajo y la deuda seguirá aumentando. Traducido: mientras la economía no crece lo suficiente, el endeudamiento sí, sin priorizar inversión productiva que genere desarrollo.

La tercera. El Inegi reportó el 9 de abril una inflación anual de 4.59%, con tres meses consecutivos al alza. Y no es cualquier inflación: es la que se siente en la mesa. Las frutas y verduras han aumentado más de 20% en un año; el jitomate, más de 100 por ciento. Mientras se insiste en que todo va mejor, las familias enfrentan precios cada vez más altos.

Pero el problema no empezó ahora. El sexenio pasado dejó un déficit histórico y una deuda creciente. Hoy el margen de maniobra es mínimo.

A eso se suma la incertidumbre. Cambios recientes, como la reforma judicial, han debilitado la confianza y frenado la inversión. Sin certeza jurídica, no hay crecimiento.

Y luego están las obras faraónicas. El Tren Maya, Dos Bocas y el AIFA fueron presentados como motores de desarrollo; hoy pesan como carga fiscal. Según México Evalúa, acumulan más de 673 mil millones de pesos en sobrecostos, y tan solo el Tren Maya requirió 108 pesos del erario en subsidios por cada peso que generó en su primer año. Lo que no se paga solo, se termina pagando con recortes… o buscando dinero de donde sea.

Y ahí aparece la señal más preocupante. Se aprobó una ley para licitar obras sin recursos garantizados y concentrar la ejecución de la obra pública en una sola dependencia. Más discrecionalidad, menos controles.

Ante la falta de dinero -porque ya no alcanza- se abre la puerta a usar el ahorro de los trabajadores: las AFORES. El problema no es invertir, sino el riesgo. Si los proyectos fallan, quien termina pagando no es el gobierno, sino los trabajadores.

La quinta. Están cambiando las reglas para maquillar las finanzas públicas: el gasto parece menor y parte de la deuda no se registra completa. En los hechos, permite gastar más y endeudarse sin que se note. Menos transparencia, más riesgo para el país.

Hoy el país se sostiene con deuda y decisiones cada vez más riesgosas.

Las señales son claras: el modelo se agotó. Y cuando se acaba el dinero público, el siguiente en la fila es el dinero de los ciudadanos.
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