La opinión de Carolina Viggiano. Los niños del narco. Por Carolina Viggiano Austria
El reclutamiento de menores forma parte de la expansión territorial del crimen organizado que, ante la ausencia del Estado, ha construido economías paralelas en las que los niños se vuelven el eslabón más débil.
Voy a contar una historia.
Podría ser la de cualquier comunidad de México.
Se llamaba Juan y tenía 13 años. Su papá se había ido de casa y su mamá trabajaba todo el día. El dinero no alcanzaba y, como ocurre con miles de niños en el país, terminó dejando la escuela.
Un día llegaron al pueblo unos hombres que le ofrecieron 500 pesos por vigilar una calle y avisar si pasaba la policía. Para un niño que prácticamente no tenía nada, aquello parecía mucho dinero.
Así empezó todo.
Primero vigilar. Después llevar paquetes. Más tarde, cargar un arma.
A los 15 años, Juan ya trabajaba para un grupo criminal.
Su historia no es excepcional. Estimaciones señalan que entre 30 mil y 35 mil niñas, niños y adolescentes podrían estar siendo utilizados por el crimen organizado en México en tareas que van desde el halconeo hasta el transporte de drogas, el cobro de extorsiones o incluso la violencia directa.
Las organizaciones criminales lo saben bien: los menores son mano de obra barata, fácilmente manipulable y enfrentan sanciones mucho menores que las de los adultos. Para los cárteles el cálculo es frío: son reemplazables.
Pero detrás de casi todos esos niños hay historias que se repiten: pobreza, abandono, hogares fracturados, violencia familiar y falta de oportunidades.
Esta realidad ha sido documentada con crudeza en el libro “Un sicario en cada hijo te dio”, de Saskia Niño de Rivera y el equipo de Reinserta. El estudio muestra cómo muchos de estos jóvenes crecieron en entornos marcados por el abandono, la violencia y la exclusión. Para ellos, el crimen organizado aparece como una falsa salida: dinero rápido, pertenencia y una identidad que nunca encontraron en otro lugar.
Hay, además, un dato brutal: diversos estudios señalan que hasta nueve de cada 10 menores reclutados por el crimen organizado terminan siendo asesinados por las propias organizaciones.
El reclutamiento de menores forma parte de la expansión territorial del crimen organizado que, ante la ausencia del Estado, ha construido economías paralelas en las que los niños se vuelven el eslabón más débil.
Por eso es fundamental reconocer algo: el reclutamiento de menores por parte del crimen organizado siempre es forzado. No puede hablarse de consentimiento cuando se trata de niñas, niños o adolescentes.
Con esa convicción, el 30 de abril de 2025 presenté una iniciativa para tipificar el reclutamiento de menores en la Ley General para Prevenir, Sancionar y Erradicar los Delitos en Materia de Trata de Personas, de modo que las fiscalías puedan investigar y perseguir estos casos con un tipo penal específico.
Sin embargo, a casi un año de su presentación, la iniciativa sigue sin discutirse ni votarse.
Porque cuando una organización criminal puede ofrecerle a un niño más oportunidades que la escuela, la familia o el propio Estado, el problema ya no es solo de seguridad.
Es un fracaso colectivo.
Y cuando un país empieza a perder a sus niños, también empieza a perder su futuro.
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