Hola Paisano. México no puede construir su futuro dependiendo de las remesas. Por Daniel Lee
Las remesas representan una de las mayores paradojas económicas del país. Mientras cada mes ingresan miles de millones de dólares enviados por mexicanos que trabajan en el extranjero, esos recursos evidencian una realidad incómoda: millones de personas tuvieron que abandonar su lugar de origen porque México no fue capaz de ofrecerles las oportunidades que necesitaban.
Durante 2025, el país recibió más de 61 mil millones de dólares por este concepto, una cifra histórica que beneficia de manera directa a cerca de 1.8 millones de personas y sostiene el consumo de miles de comunidades. Gracias a ese esfuerzo, innumerables familias pueden pagar alimentación, vivienda, educación, atención médica e incluso iniciar pequeños negocios.
El problema no son las remesas.
El problema es que México ha comenzado a depender de ellas como si fueran una estrategia de desarrollo.
La advertencia de la doctora Carla Pederzini, académica del Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, resulta tan pertinente como oportuna: las remesas son un complemento para mejorar el bienestar de los hogares, pero nunca podrán sustituir la generación de empleos bien remunerados, la inversión productiva ni una política económica capaz de crear oportunidades para que las personas prosperen sin verse obligadas a emigrar.
Durante años, estos recursos han funcionado como un amortiguador social. Dinamizan el comercio local, fortalecen el consumo y alivian los efectos de la pobreza en cientos de municipios. Sin embargo, también han contribuido a ocultar una debilidad estructural: la incapacidad del país para construir un modelo económico que genere crecimiento incluyente y reduzca la migración por necesidad.
Las remesas alivian las consecuencias de ese rezago, pero no corrigen sus causas.
Existe además un factor que pocas veces ocupa el centro del debate. La estabilidad de esos ingresos no depende de México, sino de variables externas sobre las que el país tiene escaso margen de influencia.
El empleo de los migrantes, el desempeño de la economía estadounidense, las decisiones de la Reserva Federal, los cambios en la política migratoria, las redadas, las deportaciones o cualquier desaceleración económica en Estados Unidos pueden modificar, de un momento a otro, el flujo de recursos que reciben millones de hogares mexicanos.
Es decir, una parte importante del bienestar de numerosas comunidades depende de decisiones que se toman fuera del territorio nacional.
Esa vulnerabilidad debería encender las alertas.
Ninguna economía puede considerar sostenible un modelo donde una fuente tan importante de ingresos está condicionada por factores externos. Menos aun cuando esos recursos provienen del sacrificio de quienes dejaron atrás a sus familias para encontrar el empleo que su propio país no pudo ofrecerles.
Cada dólar enviado desde Estados Unidos refleja mucho más que una transferencia bancaria. Representa jornadas de trabajo extenuantes, separación familiar, incertidumbre migratoria y, en muchos casos, el costo emocional de vivir lejos del lugar de origen.
Por ello, reducir la aportación de los migrantes al monto de las remesas resulta profundamente injusto.
Las organizaciones de mexicanos en Estados Unidos lo han señalado desde hace años. #FuerzaMigrante sostiene que nuestros paisanos no deben ser vistos únicamente como remitentes de dinero, sino como aliados estratégicos para el desarrollo nacional. Además de recursos económicos, aportan experiencia empresarial, innovación, conocimiento especializado, redes de inversión y una visión binacional que México ha aprovechado muy poco.
La discusión, por tanto, no consiste en restar importancia a las remesas. Se trata de reconocer su enorme valor sin convertirlas en un sustituto de las responsabilidades del Estado.
Celebrar cada récord de remesas mientras persisten bajos niveles de productividad, escasa inversión y una insuficiente generación de empleos de calidad equivale a confundir una consecuencia con una política pública. El éxito económico de un país no puede medirse por el dinero que envían quienes tuvieron que marcharse, sino por las oportunidades que es capaz de ofrecer a quienes deciden quedarse.
ABRAZO FUERTE
Sígueme en mis redes sociales: @DANIELLEE69495 https://www.facebook.com/profile.php?id=61575781711542
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista