Hola Paisano. Fútbol, poder y migración, el Mundial 2026 entre la nostalgia y la hipocresía política. Por Daniel Lee
El Mundial de Fútbol 2026 no será únicamente un evento deportivo: será un espejo incómodo de las tensiones políticas, sociales y culturales que atraviesan América del Norte.
Y en ese reflejo, hay un actor que rara vez ocupa el centro del análisis, pero que será decisivo en el ambiente, la narrativa y hasta en la legitimidad del torneo: las comunidades migrantes mexicanas.
A diferencia de lo ocurrido en el Copa Mundial de la FIFA Catar 2022, donde la presencia migrante fue funcional pero desarraigada, en Estados Unidos y Canadá hablamos de comunidades con décadas —incluso generaciones— de historia.
No son espectadores pasajeros; son parte del tejido social, económico y cultural. Son quienes llenarán estadios, consumirán contenidos, sostendrán la conversación digital y, sobre todo, dotarán de identidad a un Mundial que, de otro modo, corre el riesgo de diluirse en la lógica corporativa de la FIFA.
El fútbol, para millones de mexicanos en el exterior, no es entretenimiento: es memoria. Es el vínculo más inmediato con una patria que muchas veces les ha dado la espalda.
En ciudades como Los Ángeles, Chicago o Toronto, cada partido de la selección mexicana se vive como un acto de afirmación cultural.
Por eso resulta discutible la afirmación de que el combinado nacional no tendrá una conexión directa con la comunidad migrante.
La conexión existe —y es profunda—, pero ha sido históricamente desaprovechada por una diplomacia deportiva limitada, superficial y, en ocasiones, francamente oportunista.
Aquí es donde el Mundial 2026 representa una oportunidad y un riesgo. La oportunidad radica en reconocer a estas comunidades no solo como mercado, sino como sujeto político y cultural.
Integrarlas en la narrativa oficial del torneo, en las políticas de inclusión y en los espacios de representación.
El riesgo, en cambio, es repetir el patrón: utilizarlas como atmósfera —banderas, cánticos, color— sin atender sus demandas reales, que van desde la regularización migratoria hasta el reconocimiento de derechos laborales y sociales.
La otra dimensión, más incómoda aún, es la política. La relación entre Gianni Infantino y Donald Trump no puede leerse como una anécdota. Es un síntoma. El fútbol global se mueve entre intereses económicos y presiones políticas, y este Mundial no será la excepción.
En un contexto donde el discurso antimigrante sigue siendo rentable electoralmente en Estados Unidos, resulta inevitable cuestionar: ¿qué lugar tendrán los migrantes en el relato oficial del torneo? ¿Serán celebrados en las gradas mientras son criminalizados en la arena política?
El deporte, se dice, une. Pero esa unión no es automática ni neutral. Se construye —o se manipula—. El Mundial 2026 puede convertirse en una plataforma para visibilizar la fuerza, la resiliencia y la aportación de las comunidades migrantes mexicanas, o puede ser simplemente otro escaparate donde su presencia sea folklorizada y su realidad ignorada.
Al final, la verdadera pregunta no es si habrá buen ambiente en los estadios. Eso está garantizado. La pregunta es si el fútbol estará a la altura de quienes, desde el exilio cotidiano, lo han mantenido vivo como una forma de identidad, resistencia y pertenencia. Porque si algo ha demostrado la diáspora mexicana, es que el deporte no solo se juega en la cancha: también se disputa en el terreno de la dignidad.
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