Finanzas Públicas y Política. El mundial y maquillaje a contra reloj. Por Héctor Saúl Téllez Hernández
Han pasado apenas algunos días desde que el silbatazo inicial devolvió a la Ciudad de México el misticismo de ser, por tercera vez en la historia, el epicentro del fútbol global. La pelota ya rueda sobre el césped del Estadio Azteca y la victoria inicial de la Selección Nacional cumplió con su puntual cometido de siempre: desatar una marea de euforia colectiva, un oasis de alegría que maquilla, al menos por unas horas, las costuras de una capital rebasada.
Sin embargo, cuando los ecos del festejo se disipan en la noche, el sabor agrio regresa. La fiesta comenzó, pero el desorden, la opacidad y la corrupción también.
Albergar una Copa del Mundo es el mayor escaparate de diplomacia pública y proyección urbana que un gobierno puede reclamar en el siglo XXI. Es una oportunidad única para transformar el tejido social.
Desafortunadamente, tras casi una semana de recibir a miles de visitantes internacionales, la realidad es incómoda: para la administración local, el Mundial no fue una prioridad estratégica de vanguardia, sino un mero trámite de calendario que hoy nos pasa factura en la logística diaria.
Más de 23 mil millones de pesos comprometidos por el gobierno capitalino —que alcanzan los 30 mil millones si sumamos las intervenciones de última hora de la Secretaría de Marina en el AICM— no se traducen en una infraestructura de clase mundial. Lo que los turistas y ciudadanos caminan y viven hoy es la acumulación de pendientes históricos disfrazados de urgencia de último minuto.
Haber destinado 2 mil 600 millones a repavimentación, mil 800 millones al alumbrado público o 2 mil 463 millones al mantenimiento de la Línea 2 del Metro no son medallas de innovación; son las obligaciones básicas que se arrastraban desde hace años y que se maquillaron a contrarreloj.
El verdadero problema además de la transparencia y el destino del dinero es la flagrante ausencia de ambición de nuestras autoridades. Mientras metrópolis globales aprovechan estos hitos para fundar las ciudades del futuro, aquí nos conformamos con el bacheo nocturno y la pintura fresca. Se utilizó el escaparate internacional para pagar la tarjeta de crédito del mantenimiento urbano que estaba rezagado.
El colapso vial en la CDMX y sobre todo en los alrededores de Calzada de Tlalpan y la saturación de los sistemas de transporte masivo demuestran que el ambicioso Parque Elevado y la Ciclovía (con su inversión superior a los 2 mil 100 millones de pesos) terminaron siendo un oasis aislado.
De igual forma, los paliativos cosméticos de 120 millones en la Zona Rosa o los 182 millones en los embarcaderos de Xochimilco lucen rebasados frente al monstruo logístico que exige una masa de visitantes de esta escala.
El gobierno defendió la narrativa de que el Mundial funcionó como un "acelerador de proyectos". Hoy, con la justa en marcha, queda claro que fue al revés: la miopía gubernamental redujo un magno evento global a un simple catalizador de obra pública ordinaria. Se operó bajo la lógica de la contención y el reajuste, no de la trascendencia.
México merecía una infraestructura que gritara al mundo que somos una potencia lista para el mañana. En su lugar, el mensaje que enviamos desde hace días es el de una ciudad que apenas puede con el ordenamiento básico. Los goles se gritarán y la derrama económica inmediata sucederá por la pura inercia del fanatismo.
Pero cuando las luces del campeonato se apaguen y las delegaciones se vayan, nos daremos cuenta de que tuvimos la oportunidad de transformar la capital para las próximas décadas y, por simple apatía gubernamental, decidimos jugar a la defensiva. La Selección pudo ganar en la cancha, pero la ciudad ya perdió el partido del desarrollo.
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