Escena del Crimen. La ruta cerrada hacia la tragedia. Por Gerardo Jiménez

Escena del Crimen. La ruta cerrada hacia la tragedia. Por Gerardo Jiménez

Las cuatro muertes registradas durante las celebraciones en el Ángel de la Independencia no necesariamente eran inevitables. Por el contrario, todo apunta a que pudieron prevenirse si las autoridades hubieran tratado la concentración como lo que realmente era: un espectáculo masivo que requería un Programa Especial de Protección Civil, estudios de aforo, rutas de evacuación, sistemas de alertamiento y un diseño técnico del espacio para garantizar una salida segura de cientos de miles de personas.

En lugar de ello, la capital enfrentó una tragedia que hoy obliga a preguntar quién tomó las decisiones operativas, con qué criterios se colocaron las vallas metálicas y por qué se modificó el espacio público sin valorar si esas barreras terminarían convirtiéndose en obstáculos para la evacuación. Antes de buscar explicaciones en la euforia de la multitud, la investigación debe comenzar por las decisiones que se tomaron desde las oficinas gubernamentales y en especial la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil.

Las primeras explicaciones oficiales apuntan al comportamiento de la multitud, a la euforia colectiva o incluso a la imprudencia de algunos asistentes. Sin embargo, especialistas y fuentes internas del propio Gobierno de la Ciudad de México plantean una pregunta mucho más incómoda: ¿por qué un evento que, por su magnitud, era previsible nunca fue tratado como un espectáculo masivo sujeto a un Programa Especial de Protección Civil?

¿Qué pasó esa noche? La historia de Joshami y la estampida que nadie pudo detener en el Ángel.

La respuesta resulta preocupante. De acuerdo con esas versiones, dicho plan ni siquiera comenzó a plantearse sino hasta días antes del partido que México disputará este domingo frente a Inglaterra. Es decir, después de que cuatro personas perdieran la vida y de que la autoridad comprobara, de la manera más dolorosa posible, que el operativo había sido rebasado.

Cuando se organiza un concierto, un festival o un evento deportivo, la ley obliga a prever rutas de evacuación, salidas de emergencia, sistemas de alertamiento, puntos de atención médica, control de aforos y estudios sobre el comportamiento de las personas. Nada de ello puede improvisarse porque cualquier modificación del espacio altera la manera en que una multitud se mueve.

Y ahí aparece otra de las preguntas centrales. ¿Quién ordenó colocar las vallas metálicas? ¿Con base en qué estudio técnico se decidió su ubicación? ¿Existió un análisis de flujo peatonal que demostrara que esos cercos no generarían cuellos de botella?

Si las estructuras modificaron el espacio disponible, redujeron las vías de desalojo y crearon barreras físicas que dificultaron la evacuación, la discusión deja de ser administrativa para convertirse en una posible responsabilidad por decisiones operativas.

No se trata de un argumento teórico. En el evento organizado previamente en Campo Marte sí se diseñó un esquema especial de seguridad, con controles de acceso, delimitación de zonas y medidas propias de una concentración masiva. ¿Por qué ese criterio desapareció cuando la celebración se trasladó al Ángel de la Independencia, un espacio abierto, sin control de aforo y con una capacidad mucho más limitada para absorber cientos de miles de personas?

Las escenas posteriores hablan por sí solas: personas atrapadas entre las vallas, empujones, desesperación y una autoridad que reaccionó cuando el desorden ya era irreversible. En materia de Protección Civil, el éxito de un operativo consiste precisamente en que nunca llegue a producirse esa escena.

Pero mientras el Gobierno capitalino enfrenta cuestionamientos por la organización de las celebraciones mundialistas, otro episodio volvió a colocar a la Secretaría de Seguridad Ciudadana bajo el reflector.

El martes, madres buscadoras y familiares de personas desaparecidas denunciaron haber sido encapsulados y agredidos durante una manifestación sobre Calzada de Tlalpan. Los videos difundidos muestran forcejeos, empujones y el cierre del paso a quienes intentaban exigir justicia para sus seres queridos.

La coincidencia temporal resulta inevitable. Mientras una multitud desbordó la capacidad institucional en el Ángel de la Independencia, otro contingente fue contenido con firmeza por la misma corporación. Dos escenarios completamente distintos que exhiben un problema común: la administración del espacio público parece responder más a la improvisación que a protocolos claros, proporcionales y técnicamente sustentados.

X: @Santomitote

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