Escena del Crimen. La fiesta que se volvió zona de riesgo. Por Gerardo Jiménez
La escena ya no era una fiesta. Era una avenida tomada, cuerpos sobre el asfalto, gritos, ambulancias y un vehículo convertido en arma en medio de la euforia mundialista.
La noche del miércoles, en Cabo San Lucas, el triunfo de México sobre República Checa terminó con 17 aficionados atropellados sobre el bulevar Lázaro Cárdenas. Cuatro de ellos fueron trasladados en condición grave.
Lo que debía ser celebración nacional terminó convertido en expediente policiaco, en parte médico y en advertencia pública.
El Mundial no solo se juega en los estadios. También se juega en las calles. Y ahí, fuera de las pantallas gigantes y los discursos oficiales, aparece el verdadero reto de seguridad: multitudes alcoholizadas, vialidades abiertas, policías rebasados, vehículos atrapados entre aficionados y autoridades que reaccionan después del golpe.
Por eso Los Cabos ya analiza prohibir la venta, distribución y consumo de alcohol en espacios públicos durante los partidos de la Copa Mundial.
La medida puede sonar dura, pero llega después de una imagen imposible de maquillar: una celebración sin control terminó en atropellamiento masivo.
El caso no es aislado. Días antes, en Chihuahua, otro conductor arrolló a aficionados que festejaban el triunfo de México sobre Corea del Sur. La postal se repite: gente en la calle, vehículos rodeados, tensión, alcohol, adrenalina y una autoridad que no alcanzó a cerrar el riesgo antes de que se convirtiera en emergencia.
Ese es el punto central. No basta con festejar que México avanza en el Mundial. Hay que aceptar que cada partido del Tri se volvió un operativo de seguridad pública.
La autoridad no puede actuar como si se tratara de una verbena espontánea. Cuando se sabe que miles saldrán a las calles, que habrá consumo de alcohol, que las avenidas serán bloqueadas de facto y que los festejos pueden extenderse por horas, la obligación institucional es anticiparse.
Cerrar vialidades, definir corredores peatonales, impedir el paso de vehículos, controlar la venta de alcohol, desplegar ambulancias, colocar barreras físicas y establecer rutas de evacuación no es exageración. Es prevención.
Porque cuando el operativo falla, el automóvil se vuelve proyectil.
El problema es que muchas ciudades mexicanas siguen administrando las multitudes con lógica de improvisación. Esperan a que la gente llegue, a que la calle se llene, a que la cerveza circule, a que el ánimo se desborde y después mandan patrullas, ambulancias y comunicados.
Así no se controla una celebración masiva. Así se llega tarde.
Los Cabos tiene ahora una oportunidad incómoda: reconocer que el festejo mundialista necesita reglas. No para apagar la fiesta, sino para evitar que la fiesta vuelva a ser escena del crimen.
La prohibición de alcohol en espacios públicos no resolverá por sí sola el problema, pero puede ser una pieza dentro de un operativo más amplio. De nada sirve prohibir bebidas si no se cierran vialidades, si no hay filtros, si no se retiran vehículos de zonas de concentración y si no se define quién manda en el terreno.
El Mundial 2026 está exhibiendo algo que México conoce demasiado bien: la seguridad no falla solo cuando aparece el delito, también falla cuando la autoridad no mide el riesgo.
Hoy fue Cabo San Lucas. Antes fue Chihuahua. Mañana puede ser cualquier ciudad donde un triunfo de la Selección Mexicana convoque a miles a la calle sin planeación suficiente.
La pregunta ya no es si la gente va a festejar. La pregunta es ¿si los gobiernos municipales están preparados para cuidar esos festejos?
Porque una victoria puede durar 90 minutos. Pero una tragedia en la vía pública deja responsables, expedientes, familias rotas y una pregunta difícil de responder: ¿por qué nadie cerró la calle antes?
X: @Santomitote
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