Desde el Norte. Los Supermachos y el futbol. Por Rubén Moreira Valdez

Desde el Norte. Los Supermachos y el futbol. Por Rubén Moreira Valdez

Como diría el clásico: sucedió lo que tenía que suceder. El pasado domingo, la selección nacional fue eliminada por el equipo inglés. El país se detuvo con la esperanza de ver triunfar al conjunto de casa. En los cuatro partidos anteriores paladeamos el sabor del triunfo y se desbordaron el orgullo, la unidad y el desmadre.

A mis seis años vino la primera decepción con el Tri. México mostraba su grandeza; teníamos un Mundial apenas dos años después de los Juegos Olímpicos. El régimen priista y su desarrollo estabilizador comenzaban a mostrar algunas fisuras, pero inauguraban el Metro, abrían rutas turísticas, exhibían la grandeza histórica del país con espectaculares museos, construían carreteras y aeropuertos, y sostenían una prestigiosa política exterior. Eso no sirvió para evitar la goleada de Italia en Toluca.

En mis 63 años he visto de todo: desde la derrota ante Trinidad y Tobago, que nos impidió ir a Alemania en 1974, hasta la vergüenza de los cachirules, que nos quitó la oportunidad de asistir al Mundial de Italia 1990. Los gringos pasaron de ser un país de maletas a organizar mundiales y darnos tremendos sustos en la Concacaf. Eso sí, en 1986 le entramos al quite y “salvamos” el espectáculo cuando Colombia declinó organizar la justa deportiva.

Me queda claro que la mejor afición es la mexicana; pocas aguantan tanto como la nuestra. Eso me recuerda a Los Supermachos, la publicación, hoy de culto, producto de la genialidad de Eduardo del Río García, un exseminarista al que conocemos como Rius. Alguna vez pregunté la razón del nombre de la historieta y un maestro que presumía de marxista me dijo, contundente y un poco misógino:

“Solo unos súpermachos aguantan lo que nos pasa”.

Le voy al Santos Laguna, y eso me da suficiente calidad moral para hablar de fútbol. Al respecto, dos cosas: primero, el calcio es un negocio jugoso y sigue las reglas del capitalismo más voraz; segundo, las selecciones mexicanas no tienen la capacidad competitiva para llevarnos a los primeros lugares en los mundiales. Lo primero es casi inevitable, y la mejor prueba de ello es el trato que la FIFA dio a la selección de Estados Unidos y a sus tarjetas rojas, así como a los argentinos y sus dificultades para vencer a Cabo Verde y Egipto.

Es imposible que tengamos un buen fútbol en México cuando la Federación no modera la ambición monetaria de los dueños de los equipos. Nunca vamos a progresar si mantenemos un sistema en el que la competencia dejó de existir hace tiempo.

No hay descenso, tenemos dos temporadas por año, a la liguilla llega casi la mitad de los equipos, los clubes pueden tener hasta siete extranjeros en la cancha, no se promueve a las fuerzas básicas y la Federación se la pasa de excusa en excusa.

El fútbol mexicano es un caso para la Profeco, por ser un mal producto para la afición.

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