Desde el Norte. López Obrador y su pasión por destruir. Por Rubén Moreira Valdez

Desde el Norte. López Obrador y su pasión por destruir. Por Rubén Moreira Valdez

Un buen psicólogo podría intentar descifrar la personalidad de López Obrador y explicar su compulsión por mentir, faltar a la palabra y desmantelar aquello que funciona. También podría analizar su rechazo a las clases medias, a lo español y a lo norteño, a la ciencia, a la razón y a la calidad de vida.

Tal vez algún evento traumático de la infancia, o la carencia de algún elemento químico en su “cabecita de algodón”, sea lo que mantiene al país en un clima permanente de confrontación.

No es normal que un gobernante asuma sus responsabilidades cargado de prejuicios y con vocación de polarizar. Sin embargo, esa ha sido la estrategia de varios liderazgos políticos. El tabasqueño llegó al poder con una fórmula sostenida en tres ideas: que todo problema es responsabilidad del gobierno y de la “oligarquía”; que el Estado dispone de recursos ilimitados para repartir; y que el sentido común puede sustituir a las políticas públicas.

Así inició lo que se conoce como la Cuarta Transformación, un nombre grandilocuente para un cambio de régimen. Como ocurre en las autocracias, se recurre con frecuencia a los grandes referentes históricos para legitimar proyectos políticos. En este caso, el propio López Obrador colocó su movimiento al nivel de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Sin embargo, más allá del discurso, lo que se observa es una regresión en distintos ámbitos del país. La democracia y la justicia se han debilitado, el crecimiento económico es nulo, la deuda pública se ha incrementado y el empleo permanece estancado.

Frente a ello, el gobierno y Morena suelen responder desacreditando los datos o desviando la discusión hacia otros temas. Sin embargo, las cifras ayudan a entender por qué amplios sectores de la población perciben un deterioro:

El crecimiento económico promedio durante el sexenio fue de apenas 0.8% anual, y las proyecciones para 2026 no muestran mejoras sustanciales.

La inversión pública se redujo 18% en términos reales, un porcentaje que revela la debacle del gobierno.

La inversión extranjera directa ha sido limitada: de más de 23 mil millones de dólares anunciados, solo una fracción corresponde a nuevas inversiones.

Aunque las exportaciones se mantienen, el empleo manufacturero cayó en alrededor de 100 mil plazas entre abril de 2025 y abril de 2026.

El ingreso por habitante se ha deteriorado: la inflación ha erosionado los salarios y el PIB per cápita muestra una caída de 1.7% respecto a niveles previos.

Más de la mitad de la población ocupada —unos 33 millones de personas— trabaja en la informalidad.

La falta de empleo formal ha incrementado los retiros por desempleo de las Afores, que en mayo superaron los 851 mil casos.

El encarecimiento de los alimentos ha reducido el poder adquisitivo: la canasta básica pasó de 1,492 a 2,597 pesos, un aumento cercano al 74%.

México ha perdido competitividad, ubicándose en el lugar 62 de 70 economías, mientras la deuda pública prácticamente se duplicó en los últimos ocho años.

A esto se suman las tensiones internacionales, el deterioro de la relación con Estados Unidos y los riesgos asociados al futuro del T-MEC. También, el creciente peso fiscal de proyectos como Pemex, el Tren Maya y el Corredor Interoceánico.

El resultado, sostienen sus críticos, es claro: el país no vive una transformación, sino un proceso de regresión institucional, económica y social.

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