Desde el Norte. Le dan el avión. Por Rubén Moreira Valdez
Eso de viajar por México siempre depara sorpresas. No hay certeza de que llegues a donde pretendes ni de que eso vaya a suceder cuando el itinerario lo marca. Lo mismo pasa en avión que en tren, autobús o automóvil.
El problema es democrático, pues lo enfrenta todo el mundo; incluso el mayor de los potentados puede pasar un buen coraje y ver cómo sus planes se estropean.
Turistas, hombres de negocios, trabajadores o estudiantes pueden sufrir las más increíbles e idiotas aventuras. Algunas de ellas serían la envidia de Breton o de alguno de los más connotados maestros del absurdo. No exagero, y de lo que afirmo son testigos millones de mexicanos. Lo que sucede es muy simple: somos un pueblo con una capacidad infinita para soportar disparates y mantener la esperanza de que algún día las cosas cambiarán para bien.
El viajero llega al Benito Juárez —así se llama el aeropuerto de la Ciudad de México— y voltea a ver la pantalla. En ella aparece el número de la puerta de salida y el mensaje «abordando». Después de pasar los filtros, donde pone sus objetos en charolas que retan a las usadas para cultivar champiñones; de ser tentaleado por un guardia y de correr por los pasillos, llega a la puerta de abordaje.
Se le va el alma al suelo al no encontrar a nadie. Busca al amable empleado que, ante sus dudas, le contesta:
—Esta no es la sala.
Y agrega:
—¿Que no sabe? Las pantallas nunca dicen la verdad. Solo a usted se le ocurre consultarlas.
Para esa hora, el vuelo ya partió. Y lo que no sabe el desconcertado y frustrado pasajero es que su asiento va ocupado por alguien a quien se le revendió, de última hora y a precio de oro.
¿Y qué decir del moderno Tren Falla, obra de la ingeniería militar y producto de sesudas reflexiones de nuestro mesías tropical? Allí no es difícil recibir un trato personalizado, sobre todo si, como es costumbre, eres el único pasajero en el vagón. Del Interoceánico prefiero no hablar: la tragedia costó vidas de pasajeros que confiaron en los alardes de López Obrador y fueron víctimas de un accidente que se pudo evitar.
Por otra parte, las carreteras nos recuerdan al México del virreinato o del siglo XIX. Inseguras, mal conservadas y con pocos lugares para descansar sin estar en riesgo. La autopista que une la Ciudad de México con Veracruz o la que la conecta con Hidalgo son verdaderas trampas.
Lo mismo sucede con la 57 o con las que evocan a la famosa canción de José Alfredo Jiménez: «Caminos de Michoacán». Si usted cree que exagero, dese una vuelta a medianoche por la autopista Reynosa-Nuevo Laredo o por la que lleva al mítico pueblo de Aguililla.
Viajar de México a Saltillo por carretera debe ocupar, en teoría, ocho horas; en la realidad, el trayecto puede ser de hasta doce. Eso sí, hay que usar las autopistas de mucha paga y poca calidad. La México-Querétaro vive en eternas reparaciones; el tramo que cruza Hidalgo es conocido por los asaltos, al igual que el del sur de Nuevo León.
Y si del estado norteño hablamos, el libramiento de Apodaca a la autopista a Saltillo es, en varios momentos del día, un gigantesco estacionamiento. Tratar de llegar al aeropuerto Mariano Escobedo puede significar más tiempo que el vuelo que se pretende tomar.
Por cierto, la línea del metro que uniría esa terminal con la ciudad de Monterrey tiene meses de retraso y, al parecer, no será concluida pronto. Eso sí, el mediático gobernador se toma, de vez en cuando, fotografías en vagones de exhibición.
Al mexicano las autoridades le dan el avión. Trasladarse de un lugar a otro puede ser una odisea. El presupuesto para carreteras ha caído en términos considerables y la calidad de los servicios de transporte, igual.
La inseguridad es un flagelo que no tiene para cuándo terminar y en el que, en muchos lugares, participan las propias autoridades. Ser viajero en estos tiempos es una aventura comparable a las del lejano Oeste y sin la protección de John Wayne o Miguel Aceves Mejía.
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