Desde el Norte. Ignacio de Antioquía, padre de la Iglesia. Por Rubén Moreira Valdez
Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Os aseguro que, si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos». Hay quien dice que ese plebeo es el mismo que días antes de morir dijo: «… para ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo».
Ignacio de Antioquía nació en Siria en el 36 d. C.; fue discípulo de san Juan y san Pablo. Su cercanía temporal con el Nazareno lo hizo una voz autorizada en los primeros días de la fe. De su vida se sabe solo a partir del 70 d. C., cuando asumió el cargo de obispo en Antioquía del Orontes, hoy Antakya, en Turquía, y en ese momento era una de las ciudades más pobladas del mundo.
Fue, eso dicen, el primero en utilizar el término «Iglesia católica» para referirse a la comunidad universal de los creyentes y distinguirse de las comunidades judías donde surgió el cristianismo. En vida se le conoció como Theophorus o «Portador de Dios». Vivía su fe en los términos que se describen en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
A lo largo de los siglos XVI y XVII se descubrieron las cartas de Ignacio y, tras un arduo y polémico proceso, fueron declaradas auténticas. La polémica entre católicos, luteranos y anglicanos terminó en el siglo XIX, cuando se alcanzó un consenso sobre cuántas y cuáles eran de su autoría.
Las cartas de Ignacio, escritas en griego, que redactó camino al martirio en Roma, están próximas en el tiempo a la escritura de los Evangelios, y una parte de la investigación ignaciana está centrada en esclarecer su relación con ellos. Las cartas ofrecen, además, información sobre la situación de las comunidades cristianas a finales del siglo I y comienzos del siglo II.
Las cartas, que hoy se consiguen gratis en la red, se dividen en dos grupos: las seis asiáticas y la Carta a los romanos. Las primeras fueron escritas con dos propósitos: exhortarlas a mantener la unidad interna y prevenirlas contra la enseñanza del docetismo, que sostenía que, ante la imposibilidad de conciliar que Jesús pudiera ser Dios y sufrir y morir en la cruz, su cuerpo y, por lo tanto, el dolor y la muerte eran solo «aparentes» o ilusorios.
Los especialistas afirman que las cartas de Ignacio muestran afinidad con el primer Evangelio, el de Mateo, y también con el cuarto, el de Juan. Y aparecen huellas de algunas cartas de Pablo. La relación con el primer Evangelio es formal y se arguye por la existencia de vocabulario y citas literales comunes a uno y otro.
Cuando Ignacio era obispo de Antioquía, en tiempos del emperador Trajano, fue arrestado y condenado a muerte. Aunque detenido en Siria, se ordenó su traslado a Roma. No está clara la razón ni el estatus jurídico que tuvo Ignacio durante el proceso. Murió devorado por las fieras en el Coliseo en 107 d. C. La iconografía de aquel pan de Dios lo muestra tragado por los leones.
La leyenda dorada, obra de Santiago de la Vorágine, relata los momentos de su martirio y la respuesta que da al emperador ante la posibilidad de salvar el pellejo: «No ofreceré sacrificios a tus dioses ni me interesa la dignidad que me ofreces. Puedes hacer conmigo lo que quieras; te aseguro que, por mucho que me maltrates, no conseguirás que cambie de opinión».
Después del martirio, los restos y reliquias de Ignacio fueron llevados en 109 d. C. a Antioquía, pero en 637 d. C. regresaron a Roma para salvarlas de cualquier peligro, y ahora están bajo el altar de la Basílica de San Clemente, situada en Roma, muy cerca del Coliseo.
El escuincle del primer párrafo era Ignacio, el abrazado por las llamas del amor divino.
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