Contradicciones. Una Norteamérica más integrada. Por Ricardo Monreal Ávila

Contradicciones. Una Norteamérica más integrada. Por Ricardo Monreal Ávila

La lección de la gasolina cara en Estados Unidos y la necesidad de una Norteamérica más integrada

La explicación más fácil de la crisis reciente de precios en Estados Unidos señala que la guerra con Irán disparó el petróleo y, por tanto, subió la gasolina. Este argumento no es falso, pero sí demasiado simple. Sirve para describir el detonante, pero no para entender el problema.

Lo que estamos viendo es algo más profundo. La situación inflacionaria en Estados Unidos no se origina solamente por el precio global del crudo, sino por la forma en que este repercute en la economía de los estadounidenses. Cuando el shock externo se combina con rigideces industriales y dependencias logísticas, el resultado deja de ser una simple alza internacional y se convierte en presión concreta, problema político y fragilidad económica. La fórmula técnica puede resumirse así:

precio global + rigidez industrial + dependencia logística = impacto real.

Las cifras ayudan a aterrizar esta idea. El 7 de abril, el promedio nacional de gasolina regular en Estados Unidos llegó a $4.14 dólares por galón, casi un dólar más que antes de la guerra. Sin embargo, mientras que California promedió $5.93, Oklahoma rondó $3.35 y Kansas $3.39.

La guerra es la misma para todos y el mercado internacional es uno. No obstante, el golpe no se distribuye igual. Esa diferencia es justamente lo relevante de explicar.

Si el problema fuera solo el precio global, la variación entre estados sería mucho menor. Lo que hace la diferencia es la estructura del sistema que recibe ese precio. California opera con una gasolina con características particulares, una regulación más costosa, un mercado de refinación más aislado y una mayor exposición a crudos importados por vía marítima. Oklahoma y Kansas, en cambio, están insertos en una lógica continental distinta: más cercanos al shale estadounidense, más vinculados al sistema del Medio Oeste y mejor posicionados respecto al suministro canadiense que alimenta buena parte del espacio energético norteamericano.

Esa diferencia no es menor. La Costa Oeste de Estados Unidos concentró en 2025 casi la mitad de las importaciones estadounidenses de crudo del golfo Pérsico, mientras el centro de ese país vive más conectado a una red regional que combina producción doméstica, hubs internos y abastecimiento canadiense. Dicho en términos sencillos, unos estados dependen más de un sistema marítimo global y otros de un esquema continental norteamericano, tal como se puede apreciar en el siguiente mapa. Todos sienten el precio global, pero este no les afecta con la misma intensidad.

Precios promedio del galón de gasolina por estado en Estados Unidos el 7 de abril

Por eso conviene insistir en una idea que suele perderse en el debate público: no todo petróleo es igual y no toda refinería puede cambiar de proveedor como si fuera marca de refresco. Las refinerías están hechas para procesar ciertos tipos de crudo, y cuando un evento encarece o complica el acceso a una familia específica de barriles, la sustitución no es inmediata ni barata.

Ante una perturbación en Medio Oriente no solo sube el crudo que comparte las características fisicoquímicas del combustible del Golfo. También se encarecen sus sustitutos más cercanos porque el resto de los productores aprovecha la escasez (México por ejemplo aumenta el precio de su crudo al exterior para tener recursos para subsidiar las gasolinas).

California vuelve a ser el mejor ejemplo de esta lógica. El aumento del precio no se debe únicamente a más impuestos o regulación ambiental más estricta, aunque ambos elementos pesan.

Se explica también porque su sistema de refinación está más aislado, más atado a abastecimiento marítimo y más condicionado por la compatibilidad de ciertos crudos y mezclas. En cambio, estados como Oklahoma o Kansas operan dentro de una red física y comercial más conectada al corazón energético de Norteamérica. Esa conexión no elimina el choque externo, pero sí amortigua parte de sus efectos.

Esta diferencia entre California y el centro del país sirve para entender algo más amplio. Estados Unidos hoy es mucho más fuerte energéticamente que hace dos décadas y, sin embargo, sigue siendo vulnerable. Esa aparente contradicción es, en realidad, la clave de este análisis. La fortaleza en volumen no resuelve por sí sola la calidad de la integración económica.

Durante años, buena parte del discurso estadounidense sobre energía giró en torno a cuánto produce el país: el shale que extrae, el gas que exporta y la autosuficiencia que ha recuperado. Todo eso importa, pero este episodio internacional ha puesto en evidencia sus límites.

La seguridad económica ya no consiste solo en tener recursos, sino en estar inmerso en una región capaz de transformarlos, moverlos y sustituirlos con certidumbre. El problema no es únicamente producir más, sino hacerlo en una arquitectura económica que reduzca el impacto real de los golpes externos.

El conflicto con Irán no cayó sobre una economía plenamente estabilizada. Se sumó a un entorno que ya arrastraba presiones inflacionarias y un fuerte componente de incertidumbre generado, en buena medida, por la propia guerra arancelaria.

Y aquí conviene detenerse, porque este no es un dato de contexto menor, sino que ilustra el problema estructural que quiero describir. La integración norteamericana ya existe, es profunda y se ha acelerado en los últimos años. México es hoy el principal socio comercial de Estados Unidos. Sin embargo, pese a esta interdependencia, se observa una inestabilidad recurrente por cuestiones políticas, lo que genera una fragilidad innecesaria que no puede permitirse.

La urgencia de integración se entiende mejor cuando se mira la década completa. Esta ya es la tercera gran sacudida geoeconómica de la década. Primero fue el COVID, después la guerra de Ucrania y ahora Medio Oriente. Los nombres, los detonantes y la geografía cambian. Lo constante es la repetición de eventos globales que alteran cadenas de suministro, precios y decisiones de inversión. La volatilidad dejó de ser excepción y se volvió la norma.

Por eso el aprendizaje no es moral sino estratégico. Independientemente de quién inició la guerra o de cómo se repartan las culpas políticas, la historia reciente muestra que las sacudidas globales son recurrentes. La pregunta ya no es cómo evitar cada conflicto, sino cómo evitar que cada golpe vuelva a traducirse en inflación persistente, fragilidad productiva y ansiedad económica.

Visto así, la conclusión natural no es solo monetaria. Tampoco es exclusivamente energética. Es regional. Si el problema de fondo es que el precio global pega más cuando encuentra rigideces industriales y dependencias logísticas mal resueltas, la respuesta lógica es construir una plataforma económica más cercana, integrada y flexible. Para Estados Unidos, la opción natural es Norteamérica.

México entra ahí no como sustituto del golfo Pérsico y tampoco como fantasía aspiracional. El país no tiene las reservas ni la infraestructura de esa región, y plantearlo así sería un error. La pregunta relevante es si Estados Unidos, Canadá y México juntos pueden reducir la proporción del suministro energético regional que queda expuesta a choques externos. Y ahí la respuesta es distinta.

La combinación del shale estadounidense, la energía canadiense y el potencial renovable mexicano (costas para energía mareomotriz, zonas de alta irradiación solar, corredores eólicos en el sur) configura una matriz regional que, con visión trilateral y certeza de largo plazo, puede ir reduciendo estructuralmente esa dependencia. No de golpe, no mañana, sino como parte de la arquitectura de resiliencia que la región necesita construir.

A eso se suma un argumento más inmediato y quizás menos obvio. Una cadena productiva más integrada regionalmente no solo diversifica el suministro: también acorta las distancias físicas que recorren los insumos y las mercancías. Y eso importa directamente en términos inflacionarios. El precio global del petróleo no llega solo a la bomba de gasolina: se filtra en cada eslabón logístico, en el transporte de componentes, en la distribución de alimentos, en el costo de casi todo lo que se mueve.

Cuando esa cadena es más corta, el mismo shock energético global genera menos inflación embebida en los productos. La integración regional no elimina ese efecto, pero sí lo amortigua. Y en un mundo de sacudidas recurrentes, se necesitan mecanismos de alivio.

Una región que produce, procesa y distribuye más, no es solo más resistente a los golpes externos, sino que habilita la creación de más empleo y actividad, y genera menos presiones que alimentan la inflación. Los beneficios de la integración no se agotan en la resiliencia ante las crisis. Se extienden al funcionamiento cotidiano de las economías de los tres países.

Por eso la discusión sobre el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) no puede reducirse a sobrevivir cada revisión sin ruptura. Las inversiones que harían más robustas las cadenas regionales de energía, manufactura y logística no se planean bajo la amenaza permanente de un arancel o de una renegociación.

Requieren horizonte largo y reglas que no queden expuestas al capricho de cada ciclo electoral. Lo que se necesita es convertir al T-MEC en el ancla institucional de una integración que ya es real, pero que todavía no tiene la certeza política para desplegarse del todo.

En ese sentido, la gran lección no es que Estados Unidos necesite aislarse del mundo. Tampoco que pueda escapar del precio global del petróleo. El aprendizaje es más realista.

En un mundo de perturbaciones recurrentes, la verdadera seguridad económica depende menos del volumen de recursos y más de la calidad de la región a la que un país está integrado. El precio global seguirá existiendo. Lo que sí puede cambiar es el impacto real que este tiene sobre la economía.

Esa es la razón por la que México importa tanto en esta historia. No porque pueda reemplazar al golfo Pérsico, sino porque ya es parte central de la única plataforma regional capaz de darle a Estados Unidos algo que hoy claramente le falta: una integración económica lo suficientemente profunda como para que la próxima crisis global no vuelva a convertirse, tan rápido, en una espiral inflacionaria.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista