Contradicciones. Soberanía y corresponsabilidad ante la agenda del Escudo de las Américas. Por Ricardo Monreal Ávila
A comienzos del siglo XX, una frase en Washington redefinió la relación política de prácticamente todo el continente americano. En 1904, el presidente estadounidense Theodore Roosevelt formuló su Corolario a la Doctrina Monroe, en el que sostuvo que su país podía ejercer un “poder de policía internacional” en el hemisferio occidental cuando considerara que el orden regional estaba en riesgo.
Con ello, el postulado que originalmente había advertido a las potencias europeas que no interfirieran en América se transformó en un principio que reservaba a Estados Unidos la facultad de intervenir en los asuntos de las naciones latinoamericanas.
En las décadas siguientes, esa interpretación encontró expresión en la política del llamado “Gran Garrote”, que se tradujo en intervenciones militares, tutela financiera y presión diplomática en diversos países del hemisferio, bajo el argumento de preservar la estabilidad regional y proteger intereses estratégicos. Aquella etapa dejó una huella profunda en la memoria histórica de América Latina.
Más de un siglo después, el debate sobre la seguridad hemisférica vuelve a situarse en el centro de la conversación continental. En días pasados se llevaron a cabo un par de reuniones en Florida sobre este tema.
En la sede del Comando Sur de Estados Unidos se celebró la “Conferencia de las Américas contra los cárteles”, a convocatoria del secretario de Defensa, Pete Hegseth. A este foro asistieron líderes de 17 países de la región y, entre otras cosas, acordaron adoptar el principio de “paz mediante la fuerza” para eliminar las amenazas compartidas, como el crimen transnacional.
También en Florida, el presidente Donald Trump recibió a representantes de varias naciones latinoamericanas para coordinar esfuerzos frente a las amenazas al continente americano.
Estos encuentros reactivan una discusión histórica en el continente: ¿cómo enfrentar los desafíos transnacionales que afectan a todos los países del hemisferio sin reabrir las tensiones que durante décadas marcaron la relación entre cooperación y soberanía con Estados Unidos?
Es en este punto donde la posición de México adquiere especial relevancia. El Gobierno sostiene que el crimen organizado es un fenómeno que rebasa fronteras y capacidades nacionales, por ello el desafío más importante es construir un marco de colaboración soberana, basado en la corresponsabilidad.
Es decir, es preciso avanzar en una estrategia en la que los problemas compartidos (drogas, armas, finanzas ilícitas y violencia) se enfrenten mediante acciones conjuntas, sustentadas en el respeto mutuo, la coordinación institucional y el reconocimiento de responsabilidades en cada lado de la frontera.
¿Qué es el “Escudo de las Américas”?
El 7 de marzo de 2026 se celebró en Doral, Florida, la reunión “Escudo de las Américas” (Shield of the Americas). Este encuentro fue presentado por Washington como un esfuerzo regional para desarticular la infraestructura delictiva, frenar el tráfico de fentanilo hacia mercados globales y desmantelar las redes de trata de personas en la región.
Paralelamente, el proyecto integra una visión geopolítica que pretende restringir la influencia de adversarios como China e Irán, asegurando simultáneamente activos críticos como el canal de Panamá. En última instancia, la estrategia se fundamenta en el uso de la disuasión y el poderío militar para garantizar la estabilidad y el control del hemisferio occidental bajo el liderazgo de Estados Unidos.
Durante su intervención en la cumbre, el presidente Trump calificó a los cárteles y redes criminales como una “amenaza inaceptable para la seguridad del hemisferio”.
En ese contexto, instó a los jefes de Estado presentes a considerar a las fuerzas armadas como un componente central de la respuesta regional, comparando el modelo propuesto con la coalición internacional que combatió al grupo Estado Islámico (ISIS). Asimismo, el mandatario estadounidense mencionó la posibilidad de endurecer la postura de su gobierno frente a Cuba tras el conflicto con Irán.
En este entorno, el presidente Trump dirigió declaraciones particularmente críticas hacia México y su gobierno, sin sustento, que lejos de contribuir a la solución de los problemas comunes, pueden complicar el diálogo institucional.
En paralelo a esta reunión, la Casa Blanca difundió el “Compromiso para contrarrestar la actividad criminal de los cárteles” (Commitment to Countering Cartel Criminal Activity).
En este documento el presidente Trump proclamó varios postulados: las redes del crimen deben ser combatidas, en la medida posible, conforme a la legislación aplicable; Estados Unidos y sus aliados deben coordinarse para privar a estos grupos de todo control territorial y de acceso al financiamiento para llevar a cabo sus campañas de violencia; Estados Unidos entrenará y movilizará a los ejércitos de los países socios para lograr la fuerza de combate necesaria para desmantelar los cárteles; y juntos enfrentarán a las amenazas externas “malignas”.
Es de destacar que los mandatarios de los gobiernos latinoamericanos que asistieron a las reuniones de Florida son cercanos ideológicamente a Trump. Pese a la relevancia de la iniciativa, se notaron las ausencias de actores de peso, como México, Brasil y Colombia. Tampoco asistió Cuba.
Es de destacar que la posición de México difiere del núcleo del enfoque de seguridad hemisférica acordado el fin de semana en Florida. Mientras la propuesta del “Escudo de las Américas” enfatiza un esquema de coaliciones con predominio del componente militar, la posición mexicana pone énfasis en la responsabilidad compartida, respeto a la soberanía y coordinación institucional entre Estados, además de la atención a las causas de la violencia.
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