Contradicciones. Nuevas generaciones. Por Ricardo Monreal Ávila

Contradicciones. Nuevas generaciones. Por Ricardo Monreal Ávila

En La noche de Tlatelolco (1971), Elena Poniatowska reunió las voces de quienes vivieron el movimiento estudiantil de 1968 y la represión del 2 de octubre. Lejos de ser un relato desde la mirada del poder o un informe para justificar decisiones oficiales, presenta testimonios que muestran el rostro humano de quienes realmente vivieron aquellos trágicos hechos que marcaron a México.

Hace 58 años, las y los jóvenes salieron a las calles, convencidos de que el país necesitaba libertades, democracia y un Gobierno capaz de escucharlos. Muchos pagaron con su vida por aquel ideal, pero su lucha dejó una huella que ninguna represión pudo borrar.

Poniatowska nos recuerda que las juventudes no son espectadoras de la historia, pues, cuando encuentran causas que las unen, pueden transformar la inconformidad en acción y abrir caminos que antes parecían imposibles.

Conmemorar un aniversario más del 2 de octubre nos ayuda a entender mejor las movilizaciones actuales de la generación Z, integrada por jóvenes que crecieron con internet y redes sociales, pero que también enfrentan dificultades, como empleos precarios, vivienda inaccesible, desigualdad digital y crisis climática.

Si bien cambiaron las formas de comunicarse y organizarse, permanece una pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando las instituciones dejan de responder a las necesidades de las personas que deberían representar?

Francia ofrece un ejemplo de cómo una demanda específica puede crecer hasta convertirse en una discusión nacional. Los reclamos por mejores condiciones en las escuelas llevaron a miles de estudiantes a manifestarse.

Las protestas llegaron a las universidades y abrieron un debate más amplio sobre el futuro de la educación pública. Lo que comenzó en las aulas terminó cuestionando decisiones políticas y prioridades presupuestales.

En Madrid, la acampada en la Puerta del Sol expresa otra preocupación de las nuevas generaciones, que es el derecho a tener una vivienda. El desahucio de una adulta mayor detonó una protesta que puso sobre la mesa un problema que también afecta a miles de jóvenes.

Para muchos, independizarse se ha vuelto cada vez más difícil; los alquileres consumen buena parte de sus ingresos y la especulación inmobiliaria, alentada por gobiernos de ultraderecha, convierte barrios enteros en lugares donde vivir resulta un lujo. Detrás de la consigna “¡Ni una Maricarmen más!”, hay una exigencia que rebasa un caso particular. Una injusticia concreta se convierte así en símbolo de un problema estructural.

Estas movilizaciones no son aisladas. Recordemos que, en América Latina, Chile vivió en 2019 una ola de protestas que tuvo a las y los estudiantes en un papel central y desembocó en un proceso constituyente.

En Colombia, las movilizaciones juveniles de 2021 marcaron un punto de inflexión en la política nacional. En ambos casos, las nuevas generaciones cuestionaron desigualdades arraigadas y obligaron a sus gobiernos a discutir asuntos que durante mucho tiempo parecieron intocables.

La comparación con la Primavera de Praga de 1968 también resulta inevitable. Aquel movimiento juvenil fue reprimido, pero dejó una marca profunda en la historia europea. En México, en Praga y ahora en distintas ciudades del mundo, las juventudes han demostrado que la inconformidad puede convertirse en una fuerza capaz de desafiar sistemas que se consideran inamovibles.

Los problemas de hoy no son los mismos que los de hace casi seis décadas. Sin embargo, cuando las instituciones no ofrecen respuestas, las y los jóvenes buscan otras formas de hacerse escuchar. La generación Z no es uniforme ni piensa de una sola manera, pero sus movilizaciones demuestran que existe una voluntad de participar y disputar el rumbo de sus pueblos.

En México, los gobiernos de la Cuarta Transformación han planteado una visión que reconoce a las juventudes como parte fundamental del presente. Los programas sociales dirigidos a este sector buscan ampliar oportunidades y brindar respaldo para la continuación de sus estudios, capacitación o incorporación al trabajo.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que la educación y el empleo digno son pilares para construir un país con más bienestar. Esa responsabilidad implica acompañar a las juventudes, escuchar sus demandas y garantizar sus derechos.

Cada generación tiene sus propias razones para salir a las calles y su propio momento para exigir cambios. 1968 demuestra que escuchar a las y los jóvenes constituye una condición para la vida democrática, y las protestas en París y Madrid vuelven a poner esa lección sobre la mesa.

Las nuevas generaciones son el presente que reclama su lugar en las decisiones colectivas. La responsabilidad de los gobiernos es garantizar que sus demandas puedan expresarse libremente y que las causas que las movilizan encuentren respuestas.

Tal y como ocurrió en 1968, las juventudes siguen siendo protagonistas de las transformaciones sociales, y corresponde a las instituciones demostrar que están a la altura para que la inconformidad se traduzca en derechos, la energía juvenil contribuya a la justicia social y ninguna generación tenga que pagar con su integridad el precio de luchar por lo que le corresponde.

ricardomonreala@yahoo.com.mx
X: @RicardoMonrealA

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