Contradicciones. Morena: construir adentro para ganar afuera. Por Ricardo Monreal Ávila.
La vida interna de los movimientos y partidos políticos tiene momentos cruciales, en los que la manera de resolver sus diferencias termina siendo tan importante como el resultado mismo de una elección. Morena está viviendo uno de ellos.
El proceso interno rumbo a la elección del próximo año debe ser mucho más que una competencia por posiciones; tiene que convertirse en una prueba de madurez, pues, cuando un partido gobierna, sus decisiones internas dejan de ser asunto exclusivo de sus militantes, ya que tienen consecuencias sobre millones de ciudadanas y ciudadanos.
Por eso, la discusión debería concentrarse lo mismo en quien coordinará cada proceso como en qué Morena queremos construir después de que se conozcan los resultados.
Es natural y sano que existan aspiraciones, que haya competencia y que distintos liderazgos recorran el territorio buscando respaldo. Lo peligroso comienza cuando una aspiración personal termina convirtiéndose en una causa de división colectiva. Nadie debería confundir una contienda interna con una batalla definitiva.
Las personas que resulten y han resultado ya seleccionadas para liderar a nivel estatal y local tendrán frente a sí una responsabilidad enorme, que será conseguir que quienes apoyaron otras opciones encuentren un espacio dentro del proyecto y tengan razones para seguir caminando en unidad. Ahí se conocerá la estatura política de cada coordinadora o coordinador, porque, además de encabezar una lista, tendrá la capacidad de convertir diferentes voluntades en una sola fuerza electoral.
Y quienes no resulten favorecidas o favorecidos también habrán de demostrar que entienden la dimensión del momento y del compromiso que tenemos con el país. Una aspiración que no prospera hoy no debe convertirse en una ruptura. En política, como en la vida, hay momentos para encabezar y momentos para sumar.
México necesita que de este proceso Morena salga más fuerte que como entró. Necesita dirigentes capaces de escuchar incluso a quienes piensan distinto; estructuras que no dependan exclusivamente de una persona; militancia que no se sienta utilizada después de cada definición, y equipos que entiendan que el verdadero examen no termina cuando se anuncia un resultado.
La elección de 2027 será una prueba de organización, pero también de confianza. No bastará con tener buenos candidatos y candidatas, habrá que recorrer territorio, contar con capacidad de movilización, propuestas y, sobre todo, una estructura política que no llegue fragmentada a las urnas.
Por eso sería un error gastar desde ahora la energía que Morena necesitará mañana.
Las diferencias con los aliados también tendrán que procesarse con inteligencia. La política de coaliciones exige negociar, ceder cuando sea necesario y defender posiciones sin romper aquello que puede construirse en común. Ningún proyecto serio puede depender de que todas las partes piensen exactamente igual; en ese caso, el ejercicio político sería sencillo. Y no lo es.
Tampoco se trata de eliminar el debate interno. Morena es un movimiento vivo que necesita discusión. La crítica puede ser una herramienta extraordinaria para corregir errores y evitar excesos. Lo que debe evitarse es que la diferencia termine convertida en división.
Morena tiene hoy una responsabilidad que no tenía cuando era oposición: demostrar que puede administrar su propia pluralidad sin fracturarse. El proceso interno puede dejar heridas o dejar músculo. Puede producir grupos enfrentados o una organización más amplia. Puede debilitar a las personas que resulten electas o convertirlas en verdaderos referentes políticos.
México no necesita que Morena llegue a 2027 con enfrentamientos. Necesita que su fuerza se concentre en resolver los problemas de la gente y en defender un proyecto político que tendrá que volver a medirse frente a la ciudadanía.
Esta gran responsabilidad no debe sentar su peso solo sobre la dirigencia del partido o nuestros líderazgos morales; todas y todos debemos asumir nuestra parte de responsabilidad partidaria y, sobre todo, social, que un país tan grande como el nuestro exige a un movimiento como el que con honra y decoro pude ayudar a fundar al lado de grandes compañeras y compañeros, como la hoy presidenta de nuestro país, Claudia Sheinbaum, y el expresidente Andrés Manuel López Obrador.
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