Contradicciones. Injerencia, violencia y neopolkismo. Por Ricardo Monreal Ávila

Contradicciones. Injerencia, violencia y neopolkismo. Por Ricardo Monreal Ávila

La asociación injerencia extranjera-violencia política doméstica no es un invento. Es un activo tóxico en la historia de México.

Durante su gira por Sinaloa, entidad golpeada por la violencia desde hace dos años, la presidenta Claudia Sheinbaum señaló que la injerencia extranjera produce violencia. Una declaración que sabe a chilorio o a un aguachile, cuyos ingredientes es necesario desmenuzar.

“La injerencia no resuelve los problemas, la injerencia provoca violencia. ¿Qué pide México? Soberanía, cooperación para el desarrollo que es lo que genera paz. ¡No queremos injerencia de ningún gobierno extranjero en nuestro territorio, los mexicanos definimos nuestro futuro!”.

No hay texto sin contexto: los antecedentes de esta expresión son los dos años de violencia que ha vivido Sinaloa desde la sustracción, secuestro, entrega o captura ilegal del considerado líder histórico del Cártel de Sinaloa, el Mayo Zambada, que han dejado una estela de 4 mil ejecuciones, 4 mil desapariciones y cerca de 100 mil personas desplazadas, según cifras preliminares.

Pero la expresión presidencial tiene también otra connotación más actual, más política, con destinatarios más presentes: aquellos que piensan, piden, exigen, plantean y demandan una intervención extranjera para terminar con la inseguridad y la violencia, y de paso, ya aventajados en la carrera intervencionista, derribar al régimen actual y colocarse ellos al frente.

Es decir, el destinatario de la declaración picante de Sinaloa es la derecha mexicana, los llamados “neopolkos” (en alusión al undécimo presidente estadounidense James K. Polk, quien, en nombre del Destino Manifiesto, se anexó en 1948 el 55 % del territorio mexicano, logrando expandir en un solo acto la tercera parte del territorio continental de su país).

Los neopolkos son aquellos que salieron a las calles de Reynosa, Juárez, Veracruz, Puebla y Ciudad de México a vitorear a las tropas extranjeras que aquel año invadieron a México para obligarlo a reconocer la separación del estado de Texas y, de pasadita, se llevaron otros siete estados más, con los Tratados de Guadalupe-Hidalgo.

En ese entonces no existían las encuestas, pero, de haberlas habido, 9 de cada 10 neopolkos hubiesen respondido que sí estaban de acuerdo con la intervención, que sí querían que tropas extranjeras se hiciesen cargo de la seguridad nacional y que sí aceptaban la anexión territorial como vía para salvar a la nación mexicana…, desapareciéndola. Justo como afirman hoy que hay encuestas de opinión (que nadie conoce) en las que, presuntamente, la mayoría de las y los mexicanos ya somos neopolkos.

La asociación injerencia extranjera-violencia política doméstica no es un invento. Es un activo tóxico en la historia de México. A veces como efecto, a veces como factor detonante, pero ambos términos marchan de la mano. Cuestión de visitar el Museo Nacional de la Intervenciones, en la CDMX (a unas cuadras del metro General Anaya), para ver cómo ambos factores han moldeado y acechado la formación y la existencia de México como nación soberana.

Con 13 intervenciones extranjeras a cuestas (cinco con afanes de extinción o anexión), las y los mexicanos hemos desarrollado un gen histórico que nos permite detectar a los neopolkos y sus patrocinadores; mismo ADN que nos ha alertado que detrás del texto y el contexto están los pretextos: detrás de cada injerencia desde el extranjero, hay un interés económico de apropiarse de las riquezas del suelo y subsuelo de la nación mexicana.

ricardomonreala@yahoo.com.mx
X: @RicardoMonrealA

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