Contradicciones. Identidad latina en tiempos de sospecha. Por Ricardo Monreal Ávila

Contradicciones. Identidad latina en tiempos de sospecha. Por Ricardo Monreal Ávila

A propósito del Super Tazón LX.

La historia parece empeñada en repetirse. En la Europa de entreguerras se fue incubando, lentamente, un clima de miedo y de intolerancia hacia el otro, hacia quien hablaba otra lengua, profesaba otra religión, llevaba otra cultura o simplemente vivía de un modo distinto. Con el tiempo, esos temores se hicieron política, luego hechos, y finalmente se convirtieron en la tragedia que todos conocemos. Las grandes catástrofes rara vez irrumpen con estruendo, más bien suelen germinar sobre la complicidad del silencio, justo cuando el miedo empieza a sentirse normal, casi cotidiano o banal.

Hoy, redobles de tambores suenan con un eco similar. La “sospecha” se cuela en la lengua diferente, en la fe, los acentos y también en la geografía de proveniencia. En algunos países se deja de ver personas en la calle para ver etiquetas, se recela del vecino por su origen o del trabajador por su procedencia. La democracia se erosiona desde lo más profundo cuando la deshumanización se vuelve rutina y la dignidad de un ser humano depende de cuánto logre mimetizarse con la mayoría.

Sobre lo ocurrido en las dos grandes guerras, en 1946 el político húngaro Bibó István reflexionaba: “En un estado de miedo paralizante, que afirma que el progreso de la libertad pone en riesgo los intereses de la nación, no se pueden cosechar todos los beneficios que ofrece la democracia. Ser democrático implica, en primer lugar, no tener miedo: no temer a quienes tienen opiniones distintas, o hablan lenguas distintas, o pertenecen a otras razas. Los países de Europa Central y Oriental tenían miedo porque no eran plenamente maduros como democracias, y no podían convertirse en democracias maduras porque tenían miedo”.

Ochenta años después, las palabras de Bibó resuenan con preocupante actualidad. Vemos cómo el temor a la diferencia reaparece; cómo la pluralidad deja de vivirse como refugio de libertad y empieza a ser tratada como una amenaza; cómo mensajes amplificados desde el poder alimentan desconfianza y convierten lo diverso en sospechoso.

En este artículo reflexiono sobre la latinidad, particularmente en el caso de Estados Unidos (EUA) de hoy, sobre lo que aporta y lo que se pone en riesgo cuando la identidad se vuelve estigma, y sobre un principio elemental que no debería estar en disputa: el derecho a pertenecer y a construir un futuro común sin tener que renunciar a la propia identidad.

Sobre la “latinidad”: resistencia y sentido global

La latinidad es un concepto de muchas aristas. Tiene, desde luego, un anclaje geográfico y un rostro demográfico, pero su aspecto más profundo es el cultural. Ser latino es una forma de reconocerse en lenguas emparentadas, historias cruzadas, migraciones, memorias compartidas y amplios repertorios de elementos en los que se entrecruza la cultura popular.

La “magia” de ser latino está en esa ductilidad o maleabilidad que nos hace, a pesar de nuestras diferencias nacionales, ser parte de un mismo proyecto común de identidad. Lo latino abraza nuestra herencia ibérica y, al mismo tiempo, nuestras múltiples identidades mestizas, indígenas y afrodescendientes; también puede ser caribeña y andina, fronteriza y amazónica, urbana y comunitaria. Lo latino, más allá de una etiqueta perfectamente delimitada, funciona como un puente que nos permite vernos en el otro sin borrar nuestras diferencias.

Su genealogía, sin embargo, no es neutral. El término “América Latina” emerge en el siglo XIX en un contexto de disputas imperiales y de proyectos geopolíticos que, en ocasiones, pretendieron “nombrar” la región desde el colonialismo europeo. Sin embargo, como en muchos otros casos, la palabra fue objeto de un proceso dialéctico de reapropiación.

Intelectuales hispanoamericanos hábilmente lo convirtieron en un lenguaje de unidad frente a las presiones extranjeras. En esa línea se suele subrayar al colombiano José María Torres Caicedo, quien contribuyó tempranamente a consolidar la idea de una “América Latina” como categoría paralela a la de Europa y como una bandera de solidaridad entre las jóvenes repúblicas. Así, la “latinidad” nace como un vocabulario político y de reivindicación, como un intento de transformar una herencia cultural en afirmación de soberanía, y de convertir la diversidad regional en fuerza compartida.

Hoy, esa historia desemboca en una latinidad que combina peso económico, presencia cultural y relevancia geopolítica. Ya no es verosímil tratar a América Latina como periferia del mundo. En términos agregados, América Latina y el Caribe concentran alrededor de 662 millones de habitantes (2024) y un producto interno bruto (PIB) cercano a US$7.11 billones (2024).[6] En la economía mundial, ese PIB equivale aproximadamente el 6.4% del global (partiendo de la base de que el valor de la producción mundial para 2024 fue cercano a los US$111 billones).

A ello se suma un dato estratégico que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha subrayado con insistencia: la posición de la región en reservas, producción y exportación de minerales críticos (en particular cobre y litio), lo que la coloca como una región de enorme relevancia en las cadenas globales de suministros y, en particular, aquellas asociadas a la transición energética.

Claramente el peso económico es importante, pero también lo es la potencia cultural de Latinoamérica. La latinidad es una categoría que con toda nitidez podemos decir que se siente, se comparte y se expande. El Instituto Cervantes estima que casi 635 millones de personas hablan español en el mundo y que se mantiene como la segunda lengua materna del planeta.

Esa magnitud sostiene industrias culturales transnacionales (música, audiovisual, plataformas, circuitos editoriales) que han hecho del español un idioma de tendencias globales. La centralidad cultural se verifica en hitos difíciles de ignorar, por ejemplo: una literatura que es parte del patrimonio común de la humanidad (de Mistral a García Márquez, de Neruda a Paz); agendas éticas y de derechos humanos proyectadas desde el Sur latinoamericano (de Pérez Esquivel a Rigoberta Menchú) y; una presencia creciente en el corazón de industrias globales, como el cine y la música (de Del Toro hasta Bad Bunny).

De esta manera, lo “latino” ya no es un folklor local, sino que, en muchos casos, ha pasado a redefinir la corriente principal (mainstream) en diversos aspectos (como veremos ocurre en el espectáculo del Súper Tazón LX)

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