Café para Todos. Lo que ocurrió dentro de las pruebas. (Parte IV y última). Por Alberto Carbot
Los que aceleraron ahora piden tiempo
Hay además una contradicción difícil de ignorar. Las mismas empresas que ahora hablan de “moderar” o “frenar” la carrera llevan años compitiendo por ganar precisamente esa carrera. Hay cantidades inmensas de dinero invertidas, mercados por conquistar y gobiernos que observan con atención lo que desarrollan sus adversarios. Estados Unidos mira a China y China mira a Estados Unidos. Ninguna compañía quiere quedarse atrás porque reducir unilateralmente la velocidad puede significar permitir que otro llegue primero.
Amodei reconoce ese dilema cuando propone que cualquier reducción del ritmo tendría que realizarse mediante acuerdos suficientemente amplios para evitar que unos frenen mientras otros continúan acelerando. Tampoco resulta menor que Altman hable ahora de evaluadores independientes capaces de revisar sistemas desde dentro. Hasta hace poco buena parte de la discusión giraba en torno a cuánto más podían hacer estos modelos. Ahora empieza a importar también cómo observarlos y quién establece sus límites.
Eso quizá sea lo que más me llama la atención. Durante mucho tiempo las advertencias vinieron de científicos, académicos o personas que observaban desde fuera a las grandes empresas tecnológicas. Ahora las escuchamos también de quienes trabajan dentro de ellas y conocen modelos antes de que lleguen al público. No significa que tengamos que aceptar cada uno de sus pronósticos ni asumir que una catástrofe sea inevitable. Significa algo más sencillo. Cuando quienes están fabricando estas herramientas comienzan a pedir tiempo para entenderlas mejor, vale la pena escuchar lo que están diciendo.
Una imagen me ayuda a ordenar todo esto. Los modelos avanzan a una velocidad considerable y detrás vienen quienes tienen que estudiarlos, regularlos, establecer sus límites y averiguar qué hacer cuando algo sale mal. No sabemos todavía cuánto separa a unos de otros ni hasta dónde llegará esa distancia. Sabemos, en cambio, que incluso quienes participan en el desarrollo de esta tecnología empiezan a discutir si los controles están avanzando con suficiente rapidez.
Reducir la velocidad tampoco significa renunciar a la Inteligencia Artificial. Sería absurdo plantearlo así. Puede ayudarnos a investigar enfermedades, revisar cantidades enormes de información, trabajar mejor o abrir posibilidades científicas que apenas comenzamos a conocer. También puede acompañarnos en labores mucho más comunes. Yo mismo la utilizo para investigar, ordenar información, contrastar datos o trabajar sobre un texto. Eso no me obliga a creer que puede sustituir el juicio de quien finalmente tiene que decidir qué hacer con aquello que encontró.
No sé hasta dónde llegará todo esto y desconfío de quien asegure saberlo. Tampoco sé si dentro de diez o veinte años miraremos estas discusiones como temores exagerados de una época que apenas comenzaba a entender la Inteligencia Artificial o como advertencias que debimos escuchar con mayor atención.
Por ahora me parece suficiente una pregunta mucho más cercana qué decisiones queremos seguir tomando nosotros frente a la Inteligencia Artificial y hasta dónde queremos utilizarla para impulsar el avance de la humanidad, sin convertir el miedo a lo desconocido en un freno ni terminar comportándonos como los nuevos luditas.
Para mí, ahí está el fondo del asunto
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