BRASIL, EL MIEDO Y LAS URNAS. POR QUÉ BOLSONARO PODRÍA GANAR ESTE DOMINGO POR MÁS DE LO QUE ANTICIPAN LAS ENCUESTAS.
Por Alberto Carbot
La promesa de recuperar la seguridad puede adquirir una fuerza electoral superior a las ofertas tradicionales de bienestar económico. La inseguridad, el desgaste del gobierno de Lula y la creciente demanda de castigos más severos contra la delincuencia podrían dar a Flávio Bolsonaro una victoria superior a la estrecha diferencia que pronostican los sondeos. Esta es una interpretación del comportamiento electoral brasileño, en vísperas de la segunda vuelta presidencial este domingo
Puedo equivocarme, lo reconozco desde el principio, porque cualquier pronóstico electoral, por riguroso que pretenda ser, siempre queda sujeto a la decisión que millones de ciudadanos adoptarán frente a las urnas. Sin embargo, después de examinar las encuestas publicadas en Brasil durante los últimos días y contrastarlas con las principales preocupaciones de su población, me atrevo a formular una predicción que se aparta de las estimaciones predominantes.
Creo que Flávio Bolsonaro derrotará este domingo al presidente Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta y sospecho que su ventaja será mayor de lo que anticipan los estudios demoscópicos.
Mi razonamiento parte de una consideración sobre la conducta humana que suele recibir menos atención de la necesaria. Cuando una sociedad vive bajo el temor de la delincuencia, la promesa de recuperar la seguridad puede adquirir una fuerza electoral superior a las ofertas tradicionales de bienestar económico.
Cuatro encuestas difundidas entre el 19 y el 21 de octubre presentan una competencia cerrada entre ambos candidatos. Atlas/Bloomberg atribuye a Bolsonaro el 51.1 por ciento de los votos válidos frente al 48.9 de Lula; PoderData/AYA le concede una ventaja de 52 a 48 por ciento; Nexus/BTG registra 50.3 contra 49.7, y Quaest sitúa las preferencias generales en 45 por ciento para Bolsonaro y 44 para el mandatario brasileño.
Todas describen una elección disputada, con diferencias que deben interpretarse conforme a sus márgenes de error. Mi discrepancia comienza al examinar el significado político de esas cifras. Los sondeos ofrecen una fotografía de las preferencias declaradas en el momento de la entrevista y el resultado electoral dependerá también de la participación, de las decisiones que todavía pueden cambiar, así como de la capacidad de cada candidatura para movilizar a sus simpatizantes.
Existe un antecedente que merece considerable atención. En la primera vuelta, celebrada el 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo 56 millones 104 mil 268 votos, equivalentes al 47.03 por ciento de los sufragios válidos, mientras Lula alcanzó 53 millones 876 mil 617, correspondientes al 45.16 por ciento.
La diferencia fue de 2 millones 227 mil 651 votos. La autoridad electoral brasileña certificó así una ventaja del senador opositor que las campañas tuvieron que reconocer como punto de partida para la segunda ronda.
Ese resultado demuestra que Bolsonaro llega a la elección definitiva después de haber superado al presidente en las urnas. Para Lula, conservar el poder exige recuperar esa distancia mediante nuevos apoyos, una mayor participación de sus electores o una combinación de ambos factores.

La inseguridad como fuerza electoral
Mi hipótesis principal descansa en un fenómeno que trasciende las preferencias partidistas y los cálculos de ideólogos y asesores políticos, que gastan millones y millones en encuestas para tratar de descubrir lo que bien podría advertirse en una conversación alrededor de la mesa de cualquier familia de clase media.
Es probable que los expertos en demoscopia desechen esta apreciación por considerarla una expresión de simplismo o reduccionismo, acusaciones que suelen reservarse para quienes se atreven a examinar problemas complejos desde una perspectiva distinta. Sin embargo, creo que existe un juicio práctico sobre las preocupaciones humanas que merece tanta atención como los procedimientos estadísticos más elaborados.
Los especialistas parecen olvidar, en ocasiones, el significado del sentido común y la importancia que adquiere cuando las personas evalúan las condiciones de su propia existencia. La inseguridad modifica la relación de los ciudadanos con su gobierno —y con cualquier otro, en las actuales circunstancias—, porque afecta actividades elementales de la vida cotidiana.
Altera los horarios, condiciona los desplazamientos, transforma las rutinas familiares y obliga a tomar precauciones que deberían resultar innecesarias en una sociedad protegida por sus instituciones.
Una persona puede soportar durante cierto tiempo las dificultades económicas con la esperanza de que mejoren sus ingresos, pero la amenaza de sufrir un asalto, una extorsión o una agresión introduce una preocupación distinta, relacionada con su integridad y la de sus seres queridos. Esa experiencia puede influir de manera decisiva en la valoración del poder político.
Los estudios de opinión ofrecen elementos que respaldan esta preocupación. La investigación internacional What Worries the World (Lo que preocupa al mundo), elaborada periódicamente por la empresa de investigación de mercados Ipsos para conocer y comparar las principales inquietudes de la población de distintos países, reveló en septiembre de 2026 que el 52 por ciento de los brasileños mencionaba el crimen y la violencia entre los problemas que más les inquietaban.
La cifra había aumentado cinco puntos respecto de agosto y nueve frente a septiembre del año anterior. La salud ocupaba el segundo lugar, con 36 por ciento, seguida por la corrupción política y financiera, con 35, y la pobreza y desigualdad, con 33 por ciento.
Las preguntas de este estudio permitían identificar varias preocupaciones, por lo que sus porcentajes deben leerse como menciones y no como una clasificación excluyente. Aun con esa precisión metodológica, el predominio de la inseguridad resulta significativo para comprender el ambiente en que se celebrará la elección.
Otra investigación, realizada por Datafolha los días 13 y 14 de octubre entre 2 mil 520 electores, encontró que el 20 por ciento consideraba la violencia como el principal problema de responsabilidad del gobierno federal.
La salud obtuvo 18 y la economía, que incluye inflación y precios de los alimentos, alcanzó 15 por ciento. En este caso, cada entrevistado podía mencionar un solo problema. La diferencia entre ambos estudios responde, entre otros factores, al tipo de pregunta formulada. Sus resultados coinciden en algo esencial para mi razonamiento. La preocupación por la delincuencia ocupa una posición central en las inquietudes de la sociedad brasileña y puede convertirse en un criterio relevante para decidir el voto.
Conviene detenerse en un aspecto que considero fundamental. Las estadísticas policiales y la percepción de inseguridad pueden seguir trayectorias diferentes. Un vistazo al vigésimo Anuario Brasileño de Seguridad Pública, publicado en julio de 2026, indica que se registraron 40 mil 775 muertes violentas intencionales durante 2025, con una tasa de 19.1 por cada 100 mil habitantes, la más baja desde 2012. Se trata de una reducción importante, que sería intelectualmente deshonesto desconocer.
Al mismo tiempo, el informe documentó mil 571 feminicidios, un incremento del 4 por ciento, y 6 mil 602 muertes derivadas de intervenciones policiales, 5.4 por ciento más que el año anterior. La mejoría general convive con formas persistentes de violencia y con una preocupación social que continúa presente.
Esta aparente contradicción tiene una explicación vinculada con la experiencia cotidiana. Los indicadores nacionales permiten conocer la evolución de los delitos, mientras la percepción ciudadana incorpora el entorno inmediato, las experiencias personales, las noticias y la confianza que despiertan las autoridades.
Una reducción de homicidios representa un avance indiscutible, aunque puede resultar insuficiente para tranquilizar a quienes siguen expuestos a robos, amenazas, extorsiones o al dominio territorial de organizaciones criminales. El gobierno tiene la obligación de mostrar resultados verificables. El elector, por su parte, evalúa esos resultados desde una realidad que conoce de primera mano. Cuando ambas apreciaciones divergen, las explicaciones oficiales pueden perder parte de su eficacia política.
El atractivo de la mano dura
Flávio Bolsonaro ha colocado el endurecimiento de la política criminal entre sus principales propuestas. Su campaña defiende castigos más severos y medidas como la reducción de la edad de responsabilidad penal y la castración química de delincuentes sexuales, iniciativas que despiertan controversias jurídicas, médicas y políticas, pero que pueden encontrar considerable aceptación en la intimidad del hogar, donde las familias discuten sus temores y las consecuencias de la delincuencia.
La orientación general de su discurso responde a una demanda reconocible de autoridad y sanciones contra quienes cometen delitos. Para una parte del electorado, esas propuestas pueden representar una respuesta concreta frente a problemas que considera insuficientemente atendidos.
La discusión sobre su eficacia merece un examen separado, porque el atractivo electoral de una medida y su capacidad real para reducir la delincuencia son cuestiones diferentes.
Aquí encuentro una ventaja potencialmente muy amplia del candidato opositor. Las promesas sobre educación, empleo, infraestructura o crecimiento económico requieren programas amplios, inversiones y resultados que suelen necesitar años para manifestarse.
Una propuesta de endurecimiento penal se comunica con mayor facilidad y transmite una intención inmediata de actuar contra los delincuentes. Esa diferencia tiene importancia en una campaña electoral de alta polarización.
El ciudadano que coloca la seguridad por encima de otras preocupaciones puede sentirse atraído por quien ofrece actuar con mayor severidad, aun cuando las medidas anunciadas enfrenten dificultades legislativas o exista incertidumbre acerca de sus resultados.
La historia política latinoamericana ofrece ejemplos del atractivo de esta orientación. En El Salvador, Nayib Bukele construyó buena parte de su respaldo político alrededor de la ofensiva contra las pandillas, una estrategia que redujo de manera drástica los homicidios registrados y estuvo acompañada de graves denuncias sobre detenciones arbitrarias y violaciones de derechos humanos.
Su experiencia demuestra la fuerza política que puede adquirir la seguridad pública, aunque las condiciones de Brasil son diferentes y sería equivocado suponer que una misma política producirá resultados semejantes. Bolsonaro podría beneficiarse de esa tendencia regional sin necesidad de reproducir el modelo salvadoreño, aunque tampoco descarto que, de llegar al poder, pretenda adoptar algunas de sus medidas.
Brasil presenta, además, dificultades particulares. La presencia de organizaciones como el Primeiro Comando da Capital y el Comando Vermelho, las redes de narcotráfico y la capacidad de las facciones para disputar territorios y controlar actividades ilegales forman parte de un problema que exige coordinación entre autoridades federales y estatales.
El propio anuario de seguridad pública identifica una mayor incidencia de muertes violentas en regiones del Norte y Nordeste, asociada en distintos territorios con las rutas del narcotráfico y las disputas entre organizaciones criminales. La complejidad del fenómeno supera cualquier consigna electoral. Sin embargo, esa misma dificultad puede favorecer al candidato que logre convencer a los ciudadanos de poseer mayor determinación para enfrentarlo.
Lula también ha formulado propuestas para mejorar la seguridad. Su gobierno impulsa una reforma constitucional destinada a fortalecer la coordinación federal de las políticas contra el crimen, y puede señalar la disminución reciente de los homicidios como un resultado favorable. Sus argumentos merecen consideración porque existen datos que los respaldan.
El problema político para el presidente reside en conseguir que esos avances sean reconocidos y considerados suficientes por los votantes. Si la población mantiene una percepción elevada de inseguridad, la oposición cuenta con un terreno propicio para cuestionar la eficacia de las acciones gubernamentales y presentar sus propias medidas como una respuesta más contundente.
El desgaste del gobierno y la disposición al cambio
La inseguridad adquiere mayor importancia cuando se combina con el desgaste político. En septiembre, Ipsos encontró que el 64 por ciento de los brasileños consideraba que su país avanzaba en una dirección equivocada, mientras el 36 sostenía una opinión favorable.
En el mismo estudio, el 70 por ciento describió negativamente la situación económica. Sería incorrecto traducir esos porcentajes en votos automáticos contra Lula, puesto que las encuestas de evaluación nacional miden sentimientos generales y pueden incluir a personas con preferencias electorales distintas. Lo relevante es que revelan un ambiente de inconformidad del cual la oposición podría obtener beneficios.
Una segunda vuelta presidencial obliga a los ciudadanos a elegir entre dos alternativas concretas. Quienes votaron por otras candidaturas deben reconsiderar sus preferencias, abstenerse o respaldar a alguno de los finalistas. En ese proceso, los asuntos que provocan mayor preocupación pueden adquirir un peso superior al que tuvieron durante la primera ronda.
Mi impresión es que Bolsonaro posee condiciones para presentar la elección como una oportunidad de modificar el rumbo de las políticas de seguridad. Lula, en cambio, debe defender su gestión y persuadir a los ciudadanos de que los problemas existentes pueden resolverse mediante la continuidad de su proyecto.
La contienda también está condicionada por el significado político del apellido Bolsonaro. Flávio es hijo del expresidente Jair Bolsonaro y representa una corriente conservadora que conserva una presencia considerable en la sociedad brasileña.
Esa vinculación le permite movilizar a electores identificados con las posiciones políticas de su padre, pero también despierta resistencias entre quienes rechazan su trayectoria y el comportamiento de su movimiento durante los años anteriores. La polarización reduce el margen para conquistar adversarios convencidos.
Por ello, el resultado de este domingo podría depender de ciudadanos con menor identificación partidista, de su disposición a participar y de los asuntos que consideren prioritarios cuando emitan su voto.
La religión constituye otro componente relevante. Las encuestas citadas registran un mayor respaldo a Bolsonaro entre los evangélicos, mientras Lula conserva ventajas entre los católicos en varios levantamientos. Las diferencias religiosas se cruzan con posiciones sobre familia, autoridad, organización social y valores conservadores, aunque resulta imposible atribuir un comportamiento uniforme a comunidades tan numerosas y diversas.
La importancia electoral de estas redes reside también en su capacidad de comunicación y movilización. Mi hipótesis es que un mensaje centrado en la seguridad y en la recuperación del orden puede encontrar receptividad en algunos de esos sectores y contribuir a incrementar la participación de simpatizantes del candidato opositor.
Lo que las encuestas pueden estar dejando fuera
Uno de los errores más frecuentes al interpretar encuestas consiste en confundir la diferencia estadística con el resultado que necesariamente habrá de producirse. Un empate técnico indica que las cifras observadas no permiten establecer con suficiente certeza cuál candidato se encuentra adelante en la población estudiada y tampoco obliga a que el escrutinio termine con una diferencia mínima.
Entre el levantamiento de la última entrevista y el cierre de las casillas pueden registrarse cambios de opinión, alteraciones en la participación y decisiones de ciudadanos que todavía dudaban sobre su preferencia. Estos factores pueden ampliar o reducir la distancia final.
Hay razones para cuestionar la idea de una competencia determinada por unas cuantas décimas. Los estudios de Atlas/Bloomberg, PoderData/AYA, Nexus/BTG y Quaest muestran pequeñas ventajas numéricas para Bolsonaro, aunque con procedimientos y márgenes de error diferentes.
La convergencia merece atención, pero tampoco autoriza a tratar las cuatro mediciones como una sola muestra ni a concluir que comparten una tendencia perfectamente definida. Lo que sí conocemos es que Bolsonaro encabezó la primera vuelta y aparece por delante en esos levantamientos de segunda ronda.
Mi pronóstico supone que la combinación de inseguridad, inconformidad y movilización podría elevar su ventaja por encima de las diferencias centrales que hoy se publican.
La participación efectiva será decisiva. Brasil tiene voto obligatorio para una parte importante de su población, aunque existen abstenciones, justificaciones y diferencias de asistencia entre regiones y grupos sociales. Un candidato puede superar sus cifras previstas si consigue que sus simpatizantes acudan a votar en mayor proporción que los del adversario.
También puede beneficiarse de una transferencia favorable de los sufragios emitidos por otras candidaturas durante la primera vuelta. Para sostener que Bolsonaro ampliará su ventaja habría que observar, sobre todo, qué electores mantienen una decisión menos firme, cómo se distribuye el rechazo a cada candidato y qué grupos muestran mayor disposición a participar este domingo.
El principal obstáculo de mi hipótesis es la fortaleza electoral que Lula conserva. El presidente cuenta con una extensa trayectoria política, una organización partidista consolidada y vínculos con sectores que valoran sus políticas sociales. Entre las personas de menores ingresos, parte del electorado femenino y diversos grupos de edad mantiene apoyos importantes.
Las preocupaciones sobre la salud, las pensiones, el empleo y la continuidad de programas sociales pueden ser decisivas para quienes consideran que un cambio de gobierno pondría en riesgo beneficios concretos. Cualquier análisis que desprecie esos intereses quedaría incompleto y ofrecería una imagen distorsionada de la sociedad brasileña.
Existe otra objeción que debe examinarse. La preocupación por la violencia alcanza también a los seguidores de Lula y, por tanto, resulta equivocado suponer que todos los ciudadanos que temen a la delincuencia respaldarán a Bolsonaro. Datafolha encontró que el 19 por ciento de los simpatizantes de Lula señalaba la violencia como uno de los principales problemas, proporción cercana al 20 por ciento registrado entre los seguidores de Flávio.
La diferencia electoral dependerá de cuál candidato sea considerado más capaz de enfrentar el fenómeno. Mi razonamiento atribuye una posible ventaja a la oferta de endurecimiento penal, pero esa asociación necesita distinguirse de una preferencia ya demostrada por las encuestas.
Mi pronóstico de que Bolsonaro ganará este domingo por un margen mayor
Hechas esas precisiones, mantengo mi apreciación. Considero más probable una victoria de Flávio Bolsonaro y veo posibilidades de que obtenga una diferencia superior a los dos o cuatro puntos porcentuales que aparecen en varios escenarios de votos válidos.
Para que ese resultado se produzca, la inseguridad tendría que movilizar a una proporción significativa de electores hacia la opción opositora y combinarse con un reparto favorable de los votos de quienes apoyaron a otras candidaturas. Se trata de una proyección periodística propia, sustentada en indicios y en una interpretación del comportamiento ciudadano, que todavía carece de pruebas suficientes para establecer la magnitud exacta del triunfo.
Mi convicción parte de una observación sencilla sobre las prioridades humanas. La seguridad forma parte de las condiciones necesarias para disfrutar del empleo, la educación, la salud y cualquier proyecto familiar, en el sentido de que cuando las personas perciben que esa protección se encuentra amenazada, pueden modificar su jerarquía de preocupaciones y otorgar mayor importancia a las propuestas de autoridad y castigo.
La promesa de mano dura encuentra ahí su principal atractivo político, con independencia de que resulte suficiente para resolver problemas tan complejos como el narcotráfico, la corrupción policial o la impunidad. La elección brasileña permitirá observar hasta dónde llega esa influencia.
Este domingo conoceremos si esta interpretación fue acertada. Si Lula consigue revertir la ventaja inicial y conservar la presidencia, será necesario examinar qué factores compensaron la preocupación por la delincuencia y cuánto pesaron la protección social, el rechazo al bolsonarismo y la movilización de sus partidarios.
En cambio, si Flávio Bolsonaro triunfa con una diferencia mayor de la prevista, habrá razones para investigar el papel que desempeñaron la inseguridad y la demanda de políticas más severas.
Hoy me inclino por este segundo escenario. Considero que el malestar acumulado y el deseo de recuperar la seguridad favorecerán a Bolsonaro con una amplitud que las encuestas todavía no alcanzan a reflejar.