A lo Mero Macho. “En México no puede haber una verdadera transformación sin una auténtica izquierda”: Carlos Monsiváis. A 16 años de su fallecimiento. (PRIMERA PARTE) Por: Edmundo Cázarez C.
Este viernes 19 de junio de un mundialista 2026, se cumplen 16 años de la desaparición física del legendario Carlos Monsiváis, uno de los mejores escritores mexicanos y considerado como un auténtico intelectual, pero, también, uno de los mejores cronistas que haya tenido la Ciudad de México.
Dueño de una enorme visión y conocimiento de la vida social y política de nuestro país.
A 25 años de distancia de haberme concedido esta histórica entrevista, sus sabias palabras cobran relevancia, actualidad y hasta taladran la conciencia de la población, al enfatizar tajantemente:
“En México no puede haber una verdadera transformación sin una auténtica izquierda” Además, desde su óptica, consideraba que, el ahora ya difunto PRD, se había convertido en una cueva de caníbales políticos, muchos de los cuáles, hoy, casi todos, se refugiaron y ocupan cargos de enorme relevancia dentro del movimiento político que ya lleva siete catastróficos años en el poder: MORENA.
A manera de un sencillo reconocimiento a su incansable labor literaria y periodística, es mi deseo publicar nuevamente, pero, esta vez y de manera completa, compartir con usted, mi estimado lector, aquella entrevista exclusiva que me concedió, pero debido a la línea editorial existente, dejó fuera interesantes anécdotas y contundentes afirmaciones que comparto con usted, mi muy estimado lector.
Dice el refrán que el que persevera alcanza, y es que… A lo Mero Macho, como un simple y humilde reportero, no estaba decidido para declinar en mi propósito que me recibiera y conversar con “Monsi”, sin que me importara que, para el icónico escritor mexicano, le pareciera ser una verdadera “plaga” o un auténtico fastidio, una y otra vez, le hacía infinidad de llamadas telefónicas en busca de la entrevista exclusiva, ya fuera a su celular, así como al teléfono fijo de su casa. Hasta que, por fin, tuvo a bien fijar una fecha y hora tentativas para la realización de la entrevista.
De esta manera, sin pensarlo más, acudí a la cita programada… ¡Uff!!, dentro de mí, sabía perfectamente que podría surgir cualquier imprevisto y hasta una excusa para que alargara más tiempo para su realización, y quizás, sería la última vez que pudiera estar frente a él… ¡y de manera exclusiva!!
No obstante que su trato era sencillo y amable, resultaba sumamente difícil lograr que Carlos Monsiváis aceptara una entrevista exclusiva, debido a sus múltiples compromisos con estaciones de radio y televisoras, en donde era muy frecuente observar y escuchar sus valiosas participaciones en mesas de debate y sobre temas muy diversos. Aunado al sinnúmero de conferencias que ofrecía en universidades e institutos de educación superior en todo el país, en donde, literalmente, era objeto de nutridas ovaciones por parte de los asistentes.
Al recibirme en el portón principal que daba acceso a su “refugio intelectual”, justo al momento en abrir una pequeña puerta metálica de color negro, totalmente deteriorada por el paso del tiempo, pareciera pedir a gritos que le dieran mantenimiento. Al entreabrirse la puerta principal, se escucha un agudo y tétrico ruido que, quizás, asemejaba como si se tratara de una mansión embrujada.
Al recibirme, descubro que a “Monsi”, se le nota sumamente desganado, todo desalineado y sin bañarse. Porta una camisa color negro de manga larga y un suéter abierto de estambre color gris con los puños totalmente desgastados y manchados de café o refresco, todo sucio.
Rodeado y fuertemente custodiado por sus 18 tiranos, la alborotada melena, llena de canas de Carlos Monsiváis, es lo único que resalta entre un montón de libros, periódicos, revistas y papeles de todo tipo y color, que sobresalen de la sobre la cubierta de un destartalado y viejo escritorio de madera color café, situado en el interior de un rudimentario, pequeñísimo e improvisado estudio/biblioteca.
Misma que es celosamente vigilada por sus 18 gatos de todos colores, tamaños y razas que se han adueñado materialmente de la planta baja de una muy vetusta casona ubicada en el viejo barrio de San Simón, en la populosa colonia Portales, de la Ciudad de México.
En este lugar, el orden y la limpieza, es lo que menos importa. Los gatos han establecido su poderío, a tal grado que nuestro personaje se tiene que conformar con sentarse solamente en la orilla de un muy desgastado sillón giratorio de vinyl color ámbar. Además, su refugio intelectual es tan reducido, que, al saltar los gatos de un lado a otro, derriban las torres artificiales de libros, motivo por el cuál, “Monsi”, se distrae constantemente durante el desarrollo de la entrevista.
Los cristales de sus grandes anteojos color negro, parte importante de su personalidad, parecen resguardar la cansada vista de mi entrevistado. Esbozando una forzada sonrisa, a manera de bienvenida, exclama: “Me vas a perdonar por el tiradero que hay, la verdad, es que no he tenido tiempo de darle una “arregladita a mi estudio”, lo expresa con una sonrisa burlona, al percatarse que hacemos verdaderos malabares para no pisar los excrementos de los gatos, previo al inicio de la entrevista.
De manera amable, me solicita que sea una charla entre amigos, porque argumenta que las solemnidades, simple y sencillamente “le cagan la madre”.
-Maestro, antes que nada, muchas gracias por recibirme… A lo Mero Macho… ¿Cómo le va en la vida?
-Antes de responder, se acomoda una y otra vez en el reducido espacio que le permiten sus gatitos en ese destartalado sillón: “No me ponga en predicamentos… ¿Es una entrevista o una sesión de sicólogo? La verdad, me va más bien que mal, no me puedo quejar… ¡Yo estoy bien, jodidos los de enfrente!!
-Lo veo en televisión, en el cine, leo sus artículos en periódicos y revistas, lo escucho en la radio, he leído sus libros y me pregunto ¿Quién demonios es Carlos Monsiváis que está en todas partes?
―Haciendo una breve pausa, me percato que denota un poco de molestia o estar incómodo por la presencia de sus mascotas que se cruzan una y otra vez, entre quien formula las preguntas y quien las responde. Además, el sofocante calor que se registra en el lugar intensifica el asfixiante y molesto olor de los orines de los felinos, sin embargo, con su mano derecha, acaricia tiernamente el lomo y la cabeza de uno de ellos y me dice:
“Esa, es una pregunta que me deja un tanto a oscuras. Supongo que Carlos Monsiváis, es el propietario de un nombre que está asociado con la publicación de textos, pero, también, supongo que es el propietario bastante incierto de una trayectoria académica incompleta”.
―¿Acaso Carlos Monsiváis camina por la vida dejando a su paso cosas incompletas o cabos sueltos?
―Antes de responder, me observa detenidamente, siento una mirada penetrante y retadora. Suspira profundamente, estirando los brazos hacia arriba. Acomoda sus enormes lentes en la nariz, y de nueva cuenta, pasa su mano sobre el lomo de uno de sus gatitos que optó por quedarse sentado junto a su amo y protector.
“Antes de contestar su pregunta, quiero saber ¿Qué tiene Edmundo Cázarez que lo convierte en un sicólogo encubierto y hasta a en un ser irremediablemente irreverente y preguntón? Si le dije incompleta, es porque hice una carrera universitaria pero no me recibí y supongo…
―¿…Cómo un coitus interruptus?
―¡No!!, usted no suponga nada… ¡Caray!!, se mete hasta la cocina. ¡¡No, no, ya no suponga cosas!!
―… ¿Entonces me va a dejar así, sin saber más?
―Bueno, le puedo decir que Monsiváis, es el feliz depositario de la amistad de gente que le importa muchísimo, pero, finalmente, estoy convencido que es el dueño de una incapacidad de decir no, y que lo lleva a tener que enfrentarse a un interrogatorio periodístico de un atrevido metiche y preguntón, que comienza con la pregunta imposible ¿Quién demonios es Carlos Monsiváis?
―Bueno, no se me enoje. Me imagino que siempre estuvo convencido que sería un escritor tan destacado…
―¡Vaya, vaya!!, ya le dije que no se ande imaginado cosas, porque no creo ser un escritor nada importante, y yo, no tengo porque imaginarme lo que no se cumplió. Ahora resulta que viene a mi casa un intrépido reportero a complicarme la existencia. ¡Bah!!... ¡Nada más eso me faltaba!!
―¿Cuando menos conserva algo de su etapa infantil y de cómo la vivió?
-Rascándose su amplia y arrugada frente una y otra vez con la mano derecha., medita su respuesta y exclama: ¡Mmm!! Desdichadamente, tengo que aceptarlo… “No fue una niñez aventurera…”
-Intempestivamente, al paso de un helicóptero a muy baja altura por encima de su casa, el rostro de “Monsi”, se torna totalmente adusto, con cierto enfado, me pide que esperemos unos minutos en lo que se aleja la aeronave porque resultaba muy difícil seguir conversando, pues no se escuchaba absolutamente nada… “Como te decía, no fue una niñez apasionante en el sentido normal de la ciudad, si es así, como le pudiéramos llamar, sino que fue una niñez sumamente libresca” .
-¿A lo mero macho, le gustaban más los libros que las pelotas o los carritos?
-Mi verdadero júbilo, eran las librerías del Centro Histórico… ¡y lo siguen siendo!!
-Pero vamos, ¿Cómo se divertía?
-¡Ah!!, bueno, pude gozar muchísimo en los cines Estrella, Britania y el Ajusco, en donde pasaban tres películas, lo que me permitió hacerme de una cierta cultura cinematográfica.
-¿La combinación perfecta, el cine con los libros?
-Pues como te decía, también fue una niñez de lectura de folletones de Eugenio Sue, Víctor Hugo, Carlos Dickens, Manuel Payno, así como lecturas azoradas de clásicos… ¡En fin!!, fue una verdadera desdicha, porque si algo no tuve…
-¿…Las travesuras propias de los niños…?
-¡Ah, pero…!! ¿Acaso lleva tanta prisa? Lo que no tuve fue esa infancia belicosa, que después hasta te permite ciertas maduraciones tan estentóreas. Carlos Monsiváis fue un niño estrictamente libresco…
-¿…Pues qué aburrido, no?
-Pues sí. Qué se podía esperar de un niño de clase media/baja, pero de a tiro… ¡muy baja!!!
-¿Una infancia de privaciones?
-¡Pero eso sí!!, con lo necesario o suficiente para que me pudiera comprar libros, porque veían en mí, que no tenía mayores pretensiones.
-¿Un niño colmado de mimos?
-De nueva cuenta, levanta y estira sus brazos. Se rasca la nuca con la mano derecha. Me observa detenidamente y me dice: “¿Mimos?... ¡No!!, la verdad es que no, ni mucho menos, en exceso. Más bien, la soledad del que está profundamente convencido que, lo mejor que le puede pasar, es leer una novela de Agatha Christie.
-¿Un intelectual prematuro?
-Creo que fui un buen estudiante hasta la preparatoria, pero tampoco, muy asombroso que digamos.
-¿Un verdadero “nerd” o de plano un burro del montón?
-Tenía buenas calificaciones, pero más que eso, la memoria me ayudaba mucho y permitía enfrentarme a las materias sin mayor problema, aunque transcurrido el examen, ya se hubiese evaporado cualquier conocimiento.
-¿Se iba de pinta?
-Con sonrojo, debo admitir que no fui tan mal escolapio. Mis escapadas de la escuela en la secundaria y preparatoria fueron a las matinées de los cines.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista