Llegó tan sonriente, relajado, amable, muy saludador y besucón al entrar al salón de Pleno del Congreso capitalino, que nunca espero que alguno de los diputados, “mis amigos”, le echaran a perder el día durante su comparecencia, como parte de la Glosa del Segundo Informe de Gobierno. Pero estaba equivocado.